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Autos nucleares: el sueño que desvelaba a los diseñadores de los ‘50

Impensado en la actualidad, hubo un tiempo en el que realmente las empresas desarrolladoras de vehículos creyeron que sería pertinente crear máquinas impulsadas por reactores nucleares. Acá te contamos algunos ejemplos.

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Autos nucleares: el sueño que desvelaba a los diseñadores de los ‘50 - Radio Cantilo

jueves 30 Abr, 2020

Viajar al pasado para ver cómo imaginaban el futuro es, quizás, uno de los ejercicios más entretenidos que podemos hacer. Descubrir cómo vivía la gente de otros tiempos, qué pensaban y cuáles eran sus ideas acera de lo que les deparaba, ayuda a entender el desarrollo de una sociedad hasta llegar al presente.

La década del ’50 fue la de grandes proyectos futuristas, aunque muchos de ellos no llegaron a concretarse por la complejidad que revestían. Este es el caso del Ford Nucleon y otra gran serie de proyectos automovilísticos basados en la energía nuclear como impulsora. Sí, leíste bien. Imaginar la posibilidad de conducir un vehículo que tenga un reactor a centímetros nuestro hoy puede parecer absolutamente ridículo, aunque hubo una época en la que realmente se consideraba como una posibilidad.

A la distancia, luego de conocer los resultados de la bomba atómica o el desastre de Chernobyl, nadie en su sano juicio pensaría en la posibilidad de desarrollar un auto con un pequeño reactor nuclear de uranio que pueda convertir el agua en vapor con el cual se impulsaría todo el vehículo. Pero en 1958 las grandes cabezas de la Ford Motor Company elaboraron un bosquejo y un modelo a escala de cómo sería.

Tal vez pueda considerarse una suerte que la empresa nunca haya podido construirlo, ya que realmente podía llegar a ser un auto con una bomba bajo su capot. Sin embargo sí podemos destacar la promesa de energía “limpia y segura” así como la reducción del ruido, en comparación a otro motor de combustión por nafta.

Asimismo este proyecto de automóvil prometía una autonomía de 8 mil kilómetros antes de necesitar un cambio de núcleo. Aunque debemos reconocer que sería muy extraño imaginar un expendio de núcleos en lugar de estaciones de servicio, sí resulta atractiva la idea de tener tanta distancia por recorrer con tan solo una “recarga”.

Su funcionamiento estaba asegurado a través de la fisión de uranio que calentaría un generador de vapor que mandaba presión a un conjunto de turbinas, estas a su vez moverían el vehículo y generarían electricidad. Al culminar el vapor se enfriaría y condensaría nuevamente para volver a iniciar el proceso.

La maqueta realizada por los diseñadores de Ford nos muestran un automóvil sin puertas (se ve que no llegaron a pensar bien cómo se abriría), aunque sí se aprecia la cabina de asientos adelantada (como si el estar levemente alejado del reactor fuese una garantía en caso de una explosión), un gigantesco parabrisas, un alerón trasero que le daba un toque de “anfibio” al diseño, entradas de aire en los laterales (se estima que para enfriar el vapor) y una larga extensión que complicaría a cualquiera que desee estacionarlo.

Nunca llegó a fabricarse ya que Ford necesitaba que la industria nuclear desarrolle pequeños reactores, lo cual en aquél entonces resultaba imposible por los costos y la tecnología existente.

 

Otros casos similares

 

Al igual que Ford, otras empresas desarrollaron el concepto de autos nucleares (aunque con los mismos resultados).

Tal es el caso del Studebaker-Packard Astral (1958), que buscó deslumbrar al mundo con un vehículo para nada convencional que no tenía cuatro ruedas, sino una sola ubicada en el centro y se estabilizaba mediante giroscopios. Su diseño externo era similar a las naves de “Los Supersónicos” y estaba pensado para cargar con un motor nuclear que producía la electricidad necesaria para moverlo. Desde la empresa también llegaron a afirmar que poseía un escudo de energía que lo protegía y que podía moverse sobre el agua (sí claro, cómo no).

El Simca Fulgur (1959) fue otro concepto que tampoco prosperó aunque hubiese sido por lo menos curioso que lo hiciera. Sacado de una película de ficción, diseñado por Robert Opron (diseñador de la Renault Fuego, entre otros), tenía una carrocería plana con una burbuja gigante como habitáculo y un alerón trasero en forma de V digno de un avión de combate.

Cabe señalar que, en realidad, nunca se planteó como posible modelo a producir, ya que las ideas del diseñador provenían de revistas infantiles. Aunque, este modelo supuestamente debía albergar un reactor nuclear, no tenía dirección sino ruedas fijas que se movían sobre los raíles (que debían estar instalados en la calzada, como los del tranvía), y que a más de 150 kilómetros por hora el tren delantero se levantaba dejando al automóvil apoyado solo en el tren trasero. Ah, por si eso fuera poco también contaría con un control de voz para su funcionamiento y un radar para detectar obstáculos en el camino.

Otro modelo que tampoco prosperó fue el Ford Seattle-ite XXI (1962), presentado como el futuro del mercado automotor y un optimista aire de superación en relación a los proyectos que habían fallado en el pasado.

Con un diseño exageradamente alargado, el vehículo combinaba puertas automáticas, una burbuja como habitáculo y una especie de “ventanillas-techo”. También fue pensado para utilizar un reactor nuclear de células intercambiables y un doble eje delantero como tuvo el Tyrell P34 (utilizado en Fórmula 1). Lamentablemente para sus ideólogos la idea tampoco pudo concretarse.

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