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Terapias alteradas de los años intoxicados

Dale Play a la lectura de Facundo y al terror que lleva en la pluma Mariana Enriquez.

Terapias alteradas de los años intoxicados - Radio Cantilo

jueves 21 Mar, 2019

Facundo Patronelli leyó un pasaje del cuento “Los años intoxicados”, del libro Las Cosas que perdimos en el fuego, escrito por la gran Mariana Enriquez.

 

(…) Una noche, cuando volvíamos de Buenos Aires más temprano de lo normal, una chica se levantó de uno de los asientos adelante de nosotras, se acercó al chofer y le pidió bajar. El chofer frenó sorprendido y le dijo que no tenía parada ahí. Estábamos atravesando el parque Pereyra. A mitad de camino entre
Buenos Aires y nuestra ciudad está ese parque enorme que alguna vez fue una estancia de más de diez mil hectáreas y que Perón expropió a sus millonarios dueños; ahora es una reserva ecológica que parece un bosque algo siniestro, húmedo, en el que apenas entra el sol. El asfalto lo divide por la mitad. La chica
insistió. Muchos pasajeros se despertaron; un hombre dijo: «Pero adónde querés ir a esta hora, querida.»
La chica, que era de nuestra edad y tenía el pelo atado en una cola de caballo, lo miró con un odio horrible que lo dejó mudo. Lo miró como una bruja, como una asesina, como si tuviera poderes. El chofer la dejó bajar y ella corrió hacia los árboles; desapareció en una nube de tierra cuando el ómnibus volvió a arrancar. Una señora se quejó en voz alta, «cómo la dejan sola a esta hora, le pueden hacer cualquier cosa». Ella y el chofer discutieron casi hasta que llegamos a la estación.
Nunca nos olvidamos de esa mirada y de esa chica. Nadie le iba a hacer daño, de eso estábamos seguras: si alguien podía ser dañino, era ella. No llevaba bolso ni mochila. Estaba vestida con ropa demasiado veraniega para el fresco de la noche de otoño. Una vez fuimos a buscarla: el novio de Andrea, el de la camioneta, no existía más en nuestras vidas, pero había otro chico, el hermano de Paula, que ya
manejaba el auto de su padre. No sabíamos exactamente dónde había bajado la chica, pero no era tan lejos del molino —el parque tiene un molino estilo holandés que no produce nada, es una chocolatería para los turistas—. Caminando entre los árboles descubrimos senderos y también la casa que alguna vez había sido parte de la estancia. Ahora está recuperada, se puede visitar como museo y hasta se hacen fiestas de casamiento exclusivas, pero entonces nada más la cuidaba el guardaparque y parecía contener la respiración entre los pinos, secreta y vacía.
A lo mejor es la hija del guardaparque, nos dijo el hermano de Paula, y nos trajo de vuelta a casa riéndose de nosotras, las nenas bobas que habían creído ver un fantasma.
Pero yo sé que no era la hija de nadie esa chica.

 

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