Entrevistas

Claves para ser “macho de verdad” en una sociedad patriarcal

Juan Branz encontró al rugby como la excusa perfecta para intentar pensar cómo se moldean las masculinidades desde el deporte. Lo hace en su libro ‘Machos de Verdad’, y deja claro también cuánto falta para comenzar a desarmar esas construcciones. Una charla interesantísima con Ciudad Despierta.

Claves para ser “macho de verdad” en una sociedad patriarcal - Radio Cantilo

jueves 10 Oct, 2019

“Me volví a sentir macho”, le dijo a Juan Branz un amigo, después de haber pasado por un estado de depresión cuando su novia lo dejó. Una noche tuvo sexo con una chica, y allí es donde volvió a “sentirse macho”. Un relato que sintetiza parte de las conclusiones a las que llega Branz con Machos de verdad, el libro donde bucea en la construcción de las masculinidades a partir de un disparador: el rugby.

El autor encontró al rugby como la excusa perfecta para intentar pensar no solamente cómo se moldea una identidad de género desde el deporte, sino también cómo “se es hombre” que pertenece a un determinado estrato social.

Era el año 2003 y Juan Branz repartía su tiempo en el fútbol (sí, no en rugby) en Cambaceres y en sus apuntes de Comunicación Social. Los leía en el trayecto hacia el campo de deporte. “Qué lees, puto!”, le preguntaban sus compañeros de juego.

“El que es macho no lee, y punto”, explica Branz. Ya tenía por entonces la curiosidad por indagar sobre estas construcciones, de qué manera están tan naturalizadas que nadie las ve como tales, y cómo asiste el varón de nuestros tiempos -y de tiempos lejanos también- a una permanente carrera de prueba y evaluación de su hombría, desde que es sólo un niño en adelante.

Decidió explorar en tres equipos de rugby de La Plata: Club Universitario, La Plata Rugby Club y Albatros Rugby Club. De esa investigación, que le llevó 8 años, nació “Machos de verdad”.

“Elegir el término macho no se trata de ninguna ironía, el titulo lo extraigo de lo que llamamos categorías nativas de los propios sujetos que investigué y traté de desarmar. Decir ‘macho’ tiene una connotación positiva en el campo del rugby, de la política, del sindicalismo, en la vida pública en general… Para casi todos los varones que pretenden ser vistos como bien varones“, explica Branz, y profundiza: “Es esperable que un varón actúe exhibiendo diferentes tipos de potencias: viriles, políticas, económicas, sociales. La masculinidad dominante se vuelve una prueba a ser pasada y certificada. O sea, no sólo se practica sino que se certifica y es certificada por otros”.

Es ahí donde, explica, aparecen relaciones de subalternidad: hay que dominar a un otro, y ese otro suelen ser las mujeres. Branz enfocó su trabajo también en pensar como una derivación clara de esto el problema más dramático y cruel: por qué una mujer muere cada 32 horas en manos de un hombre. Intentar llegar a una explicación sobre esto, según el comunicador, es pensar en cómo se estructura el machismo y cómo nos atraviesa a todos.

“Pero esas relaciones de dominación al otro se dan también intragenéricamente, porque a alguien hay que dominar. Por eso es tan asfixiante para el varón: hay que vivir pasando pruebas“, explica. “La hetero-norma indica que el hombre tiene que tener relaciones sexuales con una mujer, tener ciertos patrones corporales al moverse, tener cierto lenguaje (porque el lenguaje es el ordenador social y cultural por excelencia)… Es decir que hay una estructura que nos precede y nos ordenó, que es el patriarcado, y hoy por suerte estamos tratando de hacer tambalear”.

“Pero después está el plano horizontal, que trabajo en mi libro: desarmar de qué se trata esto de la masculinidad dominante. Hago como una fotografía de la historia de la masculinidad en La Plata, pero pensada como punto de partida en un momento de ocio, como es el rugby. ¿Por qué? Porque ahí es donde se va conformando la corporación masculina, el club de amigos.  Pero algo fundamental: no cualquiera entra a ese club de amigos”, repara.

Branz utiliza al rugby como punto de partida para visibilizar a los grupos que marcan las diferencias sociales y culturales/simbólicas. Como espacio de sociabilidad exclusivo y excluyente, productor de identidades y donde se recrea un orden social y cultural, histórico, de la idea de un ciudadano deseado, pensando en una matriz europea: varones occidentales, ciudadanos urbanos.

 

Pero también es allí donde se reproduce el modelo masculino dominante por excelencia. Algo que también sucede, claramente, en otros deportes, en donde “hay elementos regulares para pasar esas pruebas de la vida que uno tiene que sostener”, dice Branz.

“El otro día estaba en una plaza y había unos nenes de 4 o 5 años jugando a la pelota. Y veo que uno le saca la pelota a otro, se para y le dice al otro: “Dale, vení”, y se pone en guardia”, cuenta Juan. A eso, explica, él lo denomina “la segunda naturaleza”:  “El hombre se la tiene que bancar: la llamada cultura del aguante. Lo peor es que lo hacemos pasar por naturaleza biológica. Entonces son verdades que no se pueden cuestionar a priori. Estás preparado para afrontar la vida pública y vivir ciertos conflictos mediante la violencia física, si no te alcanzó la violencia simbólica. Y esto queda cristalizado como orden patriarcal machista homofóbico”.

Parte de esa identidad de género construida, y tan naturalizada a través de siglos, incluye ver a la mujer no como par, sino como poseedora de un cuerpo que es “territorio propio”. Branz celebra la explosión del movimiento feminista, y su propuesta de repensar los privilegios de los varones y qué lugares ocupan las mujeres. Pero se confiesa pesimista al decir que “la sola presencia de más mujeres en más espacios no garantiza el cambio de las reglas”.

“La mujer es objetivada, el cuerpo de la mujer es visto como de mi propiedad; y eso es lo primero que es necesario desarmar. Las prácticas habituales que tenemos las veo y no veo grandes cambios, pero necesitamos avanzar. Porque ahora cada 24 horas hay un asesinato“, dice, y sabe que esto es parte de un gran trabajo que consiste en comenzar a construir una identidad de género de manera no violenta. ¿Cómo es posible?: “La educación sentimental de los hombres tienen que practicarse y volver a realizarse en espacios como la escuela, con la ESI (Educación Sexual Integral), con buenos pedagogos y generar más espacio para ellos. Es trabajo desde el Estado, las instituciones, las representaciones mediáticas, los productos culturales. En mi libro hay pistas para buscar desde dónde pensar algún tipo de cambio”, propone.

Una referencia imposible de eludir en la charla con Branz fue la golpiza que recibió días pasados un indigente por parte de un grupo de rugbiers del club de rugby de San Isidro. El planteo de Machos de Verdad está, lógicamente, ligado al caso repudiable.

“Cuando no alcanza una violencia simbólica, aparecen este tipo de prácticas. Es noticia porque el discurso dominante en el mundo del rugby tiene que ver con ponderar otros valores: el respeto, el honor, el compañerismo, la solidaridad, y pareciera ser que esa violencia en el colectivo no existe. Este hecho además de ser repudiable y de una cobardía absoluta, toma esa magnitud por esta causa y porque está grabado. La práctica de la masculinidad también debe ser exhibida”, apunta.

 

“Machos de Verdad. Masculinidades, Deporte y Clase en Argentina” hoy está agotado, y va por su segunda edición. Un libro que aporta, desde una mirada que escudriña los orígenes de los orígenes, al tan actual debate por la libertad de identidades de género en Argentina. Y lo hace desde la investigación rigurosa de campo, y desde la necesidad implícita que tenemos, como sociedad, de abrir los ojos y proponer un cambio.

 

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