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Musiméride

A 48 años de su muerte: ¿Cómo fueron las últimas horas de Jim Morrison?

El 3 de julio de 1971, en un piso ubicado en el 17 de la rue Beautreillis de París, fallecía a la corta edad de 27 años uno de los músicos más importantes de todos los tiempos. En esta nota, revivimos lo sucedido aquél fatídico día.

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A 48 años de su muerte: ¿Cómo fueron las últimas horas de Jim Morrison? - Radio Cantilo

miércoles 03 Jul, 2019

Es difícil intentar explicar la vida de James Douglas Morrison, sobre todo si ahondamos en los hechos que marcaron su infancia y principios de su adolescencia. Miles de historias circularon desde su partida a la actualidad, de hecho algunas de ellas al día de hoy siguen siendo acrecentadas por el mito más que por los sucesos reales.

Junto a Ray Manzarek formaron una de las bandas más trascendentes de la historia musical, capaces de hacer rock lisérgico con el detalle de ser una banda de grandes músicos cada uno en lo suyo.

Desde el primer disco publicado por The Doors hasta el último con Morrison en vida, las polémicas y excesos fueron una moneda corriente. No había sitio en el que el grupo se presentara que no culminara con una gran escena montada por el cantante del grupo. Los problemas con la policía, con políticos, la industria discográfica, los medios y, posteriormente, hasta con el resto de la banda, eran un abc en la vida de Jim.

Hacia finales de 1970 la relación se tensó de tal manera con sus compañeros de grupo, que Morrison comenzó a pensar en la posibilidad de dejar de una vez por todas la música y dedicarse a su verdadera pasión: la poesía. Por eso, a comienzos de 1971 decidió radicarse en París, para comenzar una nueva vida junto a su amada Pam Courson.

Ese mismo año se publicó el último de los discos de la banda con él como cantante, LA Woman vio la luz en abril –tres meses antes de su muerte-, y que jamás llegó a presentarse en vivo.

Una de las últimas fotografías de Morrison con vida.

Los últimos meses de Jim con vida transcurrieron entre paseos y largas caminatas por las calles parisinas junto a su novia, así como grandes ingestas de drogas por parte de la pareja, algo que finalmente acabaría con la vida de ambos en un lapso muy corto de tiempo.

A continuación, un extracto del libro “El enigma Jim Morrison” de Stephen Davis, en el que se relatan cómo fueron las últimas horas del “Rey Lagarto”:

No queda nadie con vida capaz de decir con certeza absoluta lo que sucedió la mañana del 3 de julio de 1971 en el piso derecho de la cuarta planta del 17 de la rue Beautreillis. Sólo dos personas, Pamela Courson y Jean de Breteuil (famoso proveedor de drogas), fueron partes totalmente interesadas en la trágica muerte de Jim Morrison, y ambos murieron poco tiempo después. Aunque hay que decir que, en los frenéticos días inmediatamente después del 3 de julio, un encubrimiento improvisado, arriesgado, notablemente hábil y cínico, con la complicidad de las gestiones decididamente poco exigentes de las autoridades locales, permitió que la sórdida y potencialmente escandalosa sobredosis de heroína de una estrella estadounidense de rock con evidentes pero confusas implicaciones criminales y de enormes consecuencias económicas, fuera decretada oficialmente por la ciudad de París como un simple ataque al corazón.

(…) Según Pamela, Jim se puso a toser de nuevo y tenía problemas para aclararse la garganta. A la larga Pamela le dijo a Jim que debían ir a la cama. Eran las tres de la madrugada del sábado.

Jim le pidió a Pamela una o dos rayas más antes de acostarse. La droga era de ella, comprada a Jean, y en casa ella era la que la repartía (aunque ella también aseguraba que además Jim tenía su propio escondite). Jim todavía seguía despierto cuando Pamela se durmió en el sopor de la heroína.

Morrison falleció en la cuarta planta del 17 de la rue Beautreillis de París.

Ella se despertó sobresaltada, como una hora más tarde. Eran las cuatro de la mañana y estaba muy oscuro. Jim, acostado al lado de ella, borboteaba horriblemente. Parecía que se estuviera ahogando con sus propias mucosidades. Pero ella ya había oído aquello antes e intentó despertarlo. No pudo hacerlo. Le abofeteó la cara. Nada. Lo golpeó fuerte, una y otra vez, hasta que empezó a volver en sí. Siguió una escena terrible. Jim, ya despierto, y con un dolor evidente, se fue tambaleando hasta el cuarto de baño. Alguien –Pamela no pudo recordar quién- abrió el grifo de la bañera, y Jim se metió en ella. Pamela volvió a la cama y se durmió de nuevo. Ella se despertó, con sudores fríos, al oír unas arcadas terribles. Jim, todavía en el baño, estaba vomitando trozos de piña y coágulos intensos de sangre. Pamela corrió a la cocina, agarró una olla naranja y volvió al baño. Jim siguió vomitando en la olla. Cuando cesó la náusea, ella tiró el vómito al inodoro. Posteriormente ella dijo que creía que había vaciado y limpiado el recipiente tres veces. Dijo que Jim le había dicho entonces que ya se sentía mejor, y que volviera a la cama. Cerca de las cinco en punto, cuando el cielo clareaba, Pamela Courson, vencida or la heroína y la fatiga, se dejó caer en la cama de nuevo. Cuando estaba medio dormida, le pareció oír a Jim que la llamaba: “Pamela, ¿estás ahí?”.

Quizás una hora después, Pamela se volvió a despertar. Jim no había vuelto a la cama. La luz de la mañana se filtraba a través de las persianas que cubrían las ventanas. Ella se levantó y fue al baño. La puerta estaba cerrada por dentro. Le gritó, golpeó la pesada puerta, pero no tuvo respuesta.

A las seis y media de la mañana del sábado, Pamela llamó a Jean de Breteuil (…) A la media hora él estaba en el piso (…) Encontraron a Jim Morrison muerto, todavía en la bañera. La sangre aún se estaba secando bajo la nariz y la boca, como si hubiera sufrido una violenta hemorragia. En el pecho había dos grandes moretones de un lívido color púrpura. El agua de la bañera era de color rosa oscuro, como si Jim hubiera sangrado hasta parársele el corazón. Pamela diría después que era la primera vez en meses que él parecía relajado, con la cabeza ligeramente inclinada a la izquierda, con una fina sonrisa en los labios. “Tenía una expresión tan tranquila –dijo Pamela posteriormente-. Si no hubiera sido por toda esa sangre…”

La tumba de Morrison en el cementerio de Père-Lachaise.

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