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Víctor Bugge: el “orgulloso testigo” de la Casa Rosada

Victor Bugge siguió a todos los mandatarios argentinos desde el gobierno de facto de 1976, hasta la asunción de Alberto Fernández hace horas. Con su andar meticuloso logró retratar, así, 40 años de historia política argentina.

Víctor Bugge: el “orgulloso testigo” de la Casa Rosada - Radio Cantilo

jueves 12 Dic, 2019

La Casa Rosada tiene desde hace casi 43 años un testigo especial. Ningún resquicio de ese lugar lo desconoce. El lente de su cámara lo acompaña desde el día 1, cuando tenía 21 años y entró a trabajar para la presidencia del dictador Jorge Rafael Videla.

No le faltó tino y mesura entonces, ni le faltaron durante las siguiente cuatro décadas cuando se le cruzaron personas o momentos y los capturó con su máquina. Primero con su sentido de la percepción, después con su ojo, después con su cámara. Si no los tenía enfrente salía a buscarlos, nunca por mandato y siempre guiado por su instinto.

Victor Bugge siguió a todos los mandatarios argentinos desde el gobierno de facto de 1976, hasta la asunción de Alberto Fernández hace horas. También durante ese lapso su cámara captó a artistas y visitantes de todas partes del mundo. Con su andar meticuloso logró retratar, así, 40 años de historia política argentina.

Hablar con Bugge es como hablar con un amigo privilegiado en Casa de Gobierno, pero a la vez es hablar con un experto profesional de la cámara, que no alardea de su trabajo pero lo lleva sobre sus hombros. Y es que Víctor y su legado son inseparables.

“Cuando hago fotos oficiales mi objetivo es el de tratar de ser el testigo que registra lo que la gente que está afuera no puede ver, interpretar con la cámara de alguna manera lo más parecido a la verdad”, resume el fotógrafo, que con su llegada a la Rosada supo quese podía hacer mucho con lo oficial sin ser oficialista: Víctor es autor de una fotografía que “nunca fue oficialista” y ese legado intenta dejar en su grupo de trabajo.

Su oficina es un espacio bien diferenciado dentro de la Casa Rosada, donde un equipo de jóvenes – entre ellos su hijo- se ocupa de retratar lo que pasa en esos pasillos. “Hay un grupo de muchachos en la Rosada a la espera de que yo me vaya, inclusive mi hijo”, bromea Bugge.

“No soy un privilegiado testigo, pero sí un orgulloso testigo. No considero que tenga privilegio porque laburo a la par de todos los que están haciendo algo en el entorno de los presidentes. Trato de no hacer abuso del lugar que ocupo, camino a la par y hago las cosas que tengo que hacer. Me parece que ahí está el secreto de cómo uno debe moverse en estos lugares”, reflexiona. “No es fácil, pero creo que hice todo lo que tenía que hacer para que vaya cumpliendo casi 43 años y la cosa funcione. Hice mi laburo, no me excedí en ninguna situación que genere conflicto… Y ahí están las fotos”.

Bugge remarca este resultado como algo que lo mantiene feliz como profesional, a sabiendas de que en este tipo de ámbitos “abunda gente que quiere ser más papista que el Papa”.

Nunca fue necesaria la exigencia verticalista de asistencia a los actos, pero él sabe que no puede estar ausente. Tampoco tuvo control de nadie, y sí completa libertad para trabajar. Es posible que allí se encuentre un mínimo del por qué está donde está hoy, pero el resto pasa por un innegable tacto para manejarse dentro de su lugar de trabajo.

Él fue quien estuvo tras el encuentro que Menem y Alfonsín tuvieron en el recordado pacto de Olivos, y los captó transitando juntos por los senderos de la Quinta de Olivos; a Fernando de la Rúa huyendo de su cargo a bordo del helicóptero; la seguidilla de presidentes que hubo tras esa partida; los días de Néstor Kirchner; la jornada de su funeral en octubre de 2010; y los dos mandatos de la primera mujer que llegó al sillón de Rivadavia, Cristina Fernández. Fotografió a Mauricio Macri y fotografió la transición. Son días en los que encontrar “la foto” vuelve a ser el desafío.

“Nunca tuve problemas, y si los hubiese tenido es porque no hubiese estado haciendo bien las cosas”, sentencia el fotógrafo que, con apenas 21 años, sin pedir permiso, se metió en el despacho del entonces dictador Videla y capturó una imagen que quedó inmortalizada, representativa del momento social y político que se vivía en Argentina. En la foto, un mandatario de facto espera en soledad, y mira por la ventana en esa espera.

“Yo ni hablé con Videla”, relata. “Ahí habló la cámara, fue una foto histórica, de la época, el lugar, el personaje… y la situación de soledad que se manifiesta fehacientemente ahí. Imagino que es una de las fotos que va a trascender más allá del tiempo. Tal vez en el momento fue una foto más, pero con el tiempo inevitablemente se revalorizan las fotos”.

En esa época pocos tenían acceso al despacho presidencial. Pasó tiempo hasta que Bugge se decidiera a publicarla y lo hizo en democracia. Había decidido guardarla, y la encontró tiempo después junto a otras imágenes de las madres de desaparecidos alrededor de Plaza de Mayo. Todas, en una caja junto al colchón donde dormía esas eternas guardias en Casa Rosada. La imagen, para él, sería la que representa a la perfección la soledad del poder, y también fue la señal que le mostró que “se podía hacer algo diferente”.

 

Los anti-protocolo

El dictador no supo que alguien había estado espiando su espera y no le hubiese gustado, según estima Víctor años después. Pero fueron mayoría los mandatarios que sí entraron en el juego y se hicieron cómplices del ojo detrás de la cámara.

“Hay una foto de Kirchner que explica esto. Él había visto una foto mía en la que George Bush le toca la rodilla a De la Rúa en un encuentro que tuvieron, y cuando Kirchner visita a Bush, me mira, y automáticamente le toca la pierna. Esa era la foto que quería. Fue un poco cómplice mío, recordó la foto y le manoteó la pierna“, cuenta Bugge.

No duda en definir a Néstor Kirchner como el presidente que más se salía del protocolo. “Kirchner inauguró el cuerpo a cuerpo con la gente y el pueblo, en los actos es el primero que instala de una forma impresionante el choque con la gente; esto a lo largo del tiempo fue cambiando. Antes, Alfonsin tenía más esa actitud de dirigirse a la gente desde el palco, arrancaba tranquilo y terminaba explosivo… Recordemos su discurso en la Rural cuando se pelea con el campo, por ejemplo… Y después Menem era… era como más pastor. Un hombre que saludaba con los brazos a la gente, la gente le pedía que toque a sus hijos. Pero sin dudas cuando vino Néstor con su cuerpo a cuerpo… terminábamos todos rotos”, termina riéndose, después de la resumida comparativa entre los distintos presidentes.

Pero nombra a Carlos Menem y se hace insoslayable el recuerdo de una imagen en particular: la de un ex presidente orgulloso, vestido de traje de un furioso amarillo, junto a los Rolling Stones. En las exposiciones de imágenes de Bugge, es la foto que más asombró fue cosechando. A raíz de esa fotografía, con el tiempo, Menem quedaría designado como “el quinto stone”.

“Fue el presidente más personaje que pasó por la Rosada. Al principio era un deportista pleno. Lo tengo fotografiado jugando al básquet, boxeando, jugando al golf, al fútbol, montando un caballo. Debo decir que a mí me sumó a mi tarea… En esa foto él se aparece de traje amarillo y los Stones vestidos como colegiales…. o sea, los superó. Era imposible aburrirte con Menem“, recuerda entre risas.

De una trayectoria de tantos años retratando el triunfo, las crisis, el fracaso o la soledad dentro del poder, se desprenden anécdotas de distinto tenor. Una imagen que aparece en la memoria de Víctor está cargada de tristeza, y es la del expresidente De La Rúa, subiendo al helicóptero con el que abandonó la conducción del país en aquel fatídico diciembre de 2001.

“Cuando escuché que anunciaba el estado de sitio no podía creerlo”, recuerda. “Hubo una interrupción en el discursoy yo pensé que era para corregirse, pero no, lo ratificó. De ahí en más supuse que eso iba a terminar como terminó. La gente no soportó más. La reacción en la plaza fue inmediata. De a poco la gente fue llegando. Sin carteles políticos pedían que se fuera un presidente”.

“Es un feo recuerdo. Minutos antes tengo un encuentro con él en un despacho continuo al presidencial, me cruza, me abraza, me dice: ‘Vamos a hacer la última foto’. Me llevó hasta su escritorio y le hice la última foto, que finalmente no fue esa, sino la del helicóptero…Y fue un momento triste, estremecedor… que después roza el surrealismo, porque vinieron cinco presidentes en una semana”, cuenta Bugge y el giro en el tono es inmediato: “Te acostabas con uno y te levantabas con otro, se iba un avión a Europa con un presidente y llegaba con otro. La gente del protocolo español me veía bajar del Tango y me decía: ’Pues coño hombre, ¡el único fijo eres tú!”.

 

Una mujer en el sillón de Rivadavia

Fotografiar a Cristina fue, para Bugge, uno de los desafíos más importantes que tuvo como fotógrafo en la Casa de Gobierno.

“Venía de dieciocho sacos y corbatas… ¡hasta que apareció una mujer!”, dice entre risas. La primera imagen la muestra a ella, con la banda presidencial puesta, sentada en el sillón presidencial, mirando felizmente a cámara.

“Esa fue la única foto que sentí que le tenía que pedir. Era la primera vez que una mujer se sentaba en el sillón de Rivadavia, más allá de que Isabelita lo hizo, pero como vicepresidente heredando el lugar con la muerte del General. La primera elegida por el pueblo fue Cristina. Por lo tanto, esa foto simbólica, es una de las que tengo separadas como las que pasarán a la posteridad, porque retrata el gesto de quien es Cristina”, define.

La foto del Papa

Tras cuatro décadas de apuntar con su cámara no sólo a quienes tenían temporalmente el poder, el fotógrafo de la Rosada conserva varias imágenes y varios personajes representativos en su retina y le cuesta decidirse por uno. Pero al momento de hacerlo, elige al Papa Francisco.

El material fotográfico que Víctor se llevaba de la visita de la comitiva argentina al Vaticano en 2013 era invalorable. Pero una foto fue especial, y fue la que días más tarde eligió el Papa para la Basílica Extramuros de San Pablo, para convertirse en foto mosaico. El orgullo superó todo para Bugge.

“Podemos ir a cualquier otro personaje del mundo, pero mi emoción se la lleva Francisco. Ya lo había fotografiado como Jorge Bergoglio, pero eso se supera cuando entro al Vaticano y me encuentro con un hombre que es argentino, asoma a un balcón y hay cuatro millones de personas en la plaza San Pedro. ¿Qué más?”, resume un Víctor que luego endurece su mirada al decir: “Tuve la suerte de estar diez días con él laburando y me di cuenta realmente de que no estamos bien. Porque evidentemente ni sabemos que tenemos un Papa. Más allá de la religión, esto no tiene que ver con la religión. Pero hoy un sector hasta lo desconoce. Es la personalidad que está viendo todo el mundo y algunos lo niegan. Entonces, hasta que no corrijamos esto, estamos en problemas”.

Es la definición del hombre que recorrió con sus imágenes cuarenta años de historia política argentina. Los contextos, sentimientos y emociones que acompañaron a los mandatarios desde hace cuatro décadas, están hoy reunidos en la obra que Bugge fue armando con su mirada, y se constituye como un elemento importante en la construcción de nuestra memoria.

La noche previa a la asunción de mando del presidente Alberto Fernández, Víctor Bugge está tranquilo.

“Tomaré unos mates, encararé para el Congreso… acompañando a Alberto en su trayecto. Vamos a ver hasta qué hora estamos, pero voy con la expectativa de poder definirlo con una imagen“, dice.

Seguramente, encontró esa imagen. Yse la llevó.

 

 

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