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Terapias alteradas: Elsa Bornemann

No te pierdas la lectura y los detalles de una de las escritoras más leídas por los niños argentinos.

Terapias alteradas: Elsa Bornemann - Radio Cantilo

jueves 15 Ago, 2019

 

Aquel cuadro

Arriba del ropero del dormitorio de sus padres. En el mismo sitio a donde había ido a parar una variedad de objetos en desuso. Debajo de la sába­na de polvo y pelusas que los cubría. Ahí encontró Hilario Cuevas aquel cuadro, cuidadosamente em­paquetado y lo único rescatable del montón de cosas que su madre había ido colocando sobre el ropero a lo largo de su matrimonio. (¿Quién —que tenga o haya tenido un ropero— no lo usa o lo usó como una suerte de depósito de objetos que no se decide a tirar, aunque intuye que jamás volverá a necesitarlos?)

Aquel cuadro era un óleo de mediana propor­ción, enmarcado.
Sobre el ángulo inferior derecho de la tela, la querida letra y la firma que el joven conocía bien: Irenita. Junto a la firma, una fecha que indicaba que esa pintura había sido hecha por su madre cin­cuenta años atrás, como las otras que decoraban una pared de la cocina y que pertenecían a la época de la niñez de Irene, cuando fantaseaba con ser artista plástica.
Nunca lo había visto antes. Por eso, Hilario se conmovió doblemente y —durante un rato— permaneció sentado sobre la cama de los padres, abra­zado al cuadro y con la mirada perdida en sus recuerdos.

La campanilla del teléfono lo volvió al presente.
Ya habían cortado cuando atendió. Ahora esta­ba en su cuarto y aún cargaba —amorosamente— el óleo cuando se le ocurrió que esa pared desnuda frente a su propia cama era el lugar ideal para colgarlo.

—Así lo voy a contemplar todas las noches… —pensaba, mientras que a golpe de martillo, colo­caba un clavo en el espacio elegido—. Es como si mamá hubiera querido hacerme un regalo postre­ro… Pobrecita… ¡ya un mes que no está más…!

E Hilario dedicó la última hora de aquel viernes a mirar el cuadro con enternecido detenimiento.
Su mamá había pintado una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cortinas que impedían ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas…
Al frente, un jardín florido y —medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho ma­nejando una hoz.
¿El jardinero de aquella residencia, tal vez?
Durante las semanas que siguieron al encuentro de aquel cuadro, Hilario destinó sus momentos libres a contemplarlo.

Emocionado como estaba por ese hallazgo inesperado, cada día le parecía más hermoso y no lograba explicarse por qué su madre lo habría guardado, casi oculto se hubiera dicho.
Una noche —a punto de dormirse a la par que escuchaba la radio y con la vista distraída en el óleo— Hilario creyó observar que una de las corti­nas del primer piso de la casa pintada se descorría lentamente.

—El sueño me hace ver visiones… —pensó de inmediato y apagó el velador, dispuesto a des­cansar.
—Todas las cortinas de esa casa están corridas —se dijo, antes de caer profundamente dormido.

Y esa madrugada soñó con sus padres y se sintió pequeño y mimado como cuando los dos vivían y le decían “Lari”.
Se despertó de buen humor.
Se estaba vistiendo para salir a hacer su acos­tumbrada caminata de los sábados, cuando recor­dó el asunto de la cortina del cuadro.

Se volvió hacia el óleo y sonreía por lo que —en ese momento— consideraba una visión producto del cansancio nocturno, pero vio que la cortina del primer piso de la casa pintada estaba —real­mente— descorrida.
Se inquietó. Y más aún cuando una nena que aparentaba pedir auxilio se asomó a esa ventana y le hizo señas desesperadas. Enseguida —y por de­trás de la niña— una mujer —que se le parecía notablemente— hizo lo mismo.

Hilario creyó que se estaba volviendo loco.
—Esto me pasa por pasar tantas horas mirando el cuadro de mamá —supuso—. Estoy sugestionado como una criatura y —muy molesto consigo mismo— terminó de abrocharse las zapatillas y aban­donó su cuarto, sin volver a mirar el óleo.

Esa noche —ya de regreso a su casa— decidió que dormiría en la sala. Se ubicó —entonces— en un sofá, prometiéndose que no volvería a mirar el cuadro hasta la mañana siguiente.
Sin embargo, cerca de la madrugada se desper­tó de repente. Transpirando —a pesar de la baja temperatura ambiente—y con la necesidad imposter­gable de contemplar el óleo.

Se dirigió a su cuarto y así lo hizo. ¡Para qué! Ahora eran dos las cortinas descorridas. Tres de las ventanas del primer piso de la casa pintada lo estaban y —detrás de ellas, la niña y la mujer en una, un niño en la otra y un hombre en la restante—. Todos pedían auxilio y le hacían señas desesperadas. En sus caras, el espanto. En la de Hilario, también.
Temblando, descolgó —entonces— el cuadro y lo colocó —bruscamente— sobre su cama, de pintura contra el acolchado, para no ver esas imágenes que tanto lo estaban perturbando. ¿Cómo era po­sible?

En un impulso, se abrigó para salir a la calle:
—Debo averiguar si esa casa que pintó mamá existe o existió y a quién pertenece —pensaba—, y la primera idea que tuvo al recorrer la cuadra de su domicilio fue la de encaminarse hacia el barrio donde ella había pasado su infancia y su adoles­cencia y del que había partido para casarse con su padre.
—Seguramente, esa pintura —como las otras que hizo— fue inspirada en algún paisaje vecino…

Hilario estaba tan nervioso que las aproximada­mente ochenta cuadras que lo separaban de aque­lla zona las atravesó casi sin darse cuenta.
El sol del domingo ya acariciaba los árboles cuando llegó al barrio donde su mamá había sido “Irenita”. Recién después de haberlo recorrido sin parar, Hilario se halló —de pronto— frente a la casa que la madre había pintado en el cuadro. Dos veces había pasado a lo largo de ella y sin reconocerla.

Claro, cincuenta años no habían transcurrido en vano: era la misma casa, pero lógicamente enveje­cida por la acción del tiempo y bastante transfor­mada a fuerza de refacciones. El jardín delantero no existía ya, por ejemplo. Un desierto patio ocu­paba el espacio que antes había pertenecido a césped y plantas.
Sobre la verja de la entrada, un cartel anunciaba: “Jardín de Infantes Tulipán”.
Como tantas otras antiguas casonas, a esa tam­bién la habían convertido en una escuela.
Muy excitado, Hilario pulsó el timbre sobre el que se leía: “Portería”.
Ya estaba por irse —después de tocar varias y prolongadas veces— cuando una viejita salió desde una de las puertas laterales de la residencia.

—Sí… ya va… Ya va… —decía, mientras se le apro­ximaba a Hilario alisándose el pelo y acomodán­dose una chaqueta que terminaba de ponerse.
—¿Qué desea, señor?
—Esteee… Buenos días… Disculpe la molestia… pero…
—¿Qué pasa? A usted no lo tengo visto por aquí. ¿En qué puedo serle útil?

Entonces, Hilario le contó una historia que se le iba ocurriendo a medida que la desarrollaba.
No podía decirle la verdad. El caso es que se las ingenió tan bien que la viejita le dio —exactamen­te— la información que el muchacho ansiaba.

Entre otros detalles que no le interesaban en absoluto supo —por ejemplo— que esa casa había pertenecido —cincuenta años atrás— a una tal fami­lia Dubatti… que sus cuatro integrantes habían muerto asesinados… que nunca se había descu­bierto al criminal… que la finca había permanecido cerrada durante mucho tiempo… y que ella era la encargada desde el mes en que se había inaugura­do el Jardín de Infantes, hacía once años.

La viejita seguía hablando y hablando cuando Hilario pensó que ya tenía datos suficientes como para empezar a comprender el secreto que el cuadro encerraba.
Casi sin despedirse de la anciana, llamó a un taxi y volvió a su casa, hecho un relámpago.
Corrió a su cuarto y tomó el cuadro. Lo observó con atención.
El miedo le picoteó el corazón.

¡Las cortinas del primer piso de la casa pintada continuaban desco­rridas pero ningún rostro desesperado volvió a dibujarse detrás de ellas! Aunque lo más impresio­nante era que…. ¡la silueta del jardinero había desa­parecido del óleo!
Fuera de control, Hilario arrojó el cuadro al aire.
Al estrellarse contra el suelo, el marco quedó por un lado, el óleo por otro y el cartón que lo protegía por detrás fue a parar abajo de su cama.
Cuando —dolorido por su actitud de haber in­tentado romper una pintura de su madre—, Hilario se empezó a recomponer y a recoger las partes dispersas del cuadro, encontró aquel papel do­blado en varios cuadraditos.
Era un papel de carta fino, tipo Biblia y —sin dudas— había saltado del interior del cuadro cuan­do se había descuajeringado debido al golpe contra el piso.
Con el corazón fruncido, el joven lo desdobló. Era un mensaje manuscrito.
La letra infantil de su madre y esta confesión:


ME LLAMO IRENE DEL PINO Y TENGO DOCE AÑOS. AYER MISMO —ANTES DE QUE LLEGARA LA POLICÍA— DESCUBRÍ —POR CASUALIDAD— QUIÉN ES EL ASESINO DE LOS DUBATTI. PERO ÉL LO SABE Y ME AMENAZÓ DICIÉNDOME QUE SI SE ME OCURRE CONTAR LO QUE VI, ME VA A MATAR.

ME DIJO TAMBIÉN:

—ESTÉS DONDE ESTÉS Y SEA CUANDO FUERE, SI ALGUIEN SE ENTERA DE LO QUE PRESENCIASTE, YO ME LAS ARREGLARÉ PARA MATARTE APENAS ME DELATES. Y CON LA MISMA ARMA CON QUE ASESINÉ A TU AMIGA ANDREA Y AL RESTO DE SU FAMILIA: A SUS PADRES Y A SU HERMANO LOREN­ZO, POR SI DEBO RECORDÁRTELO. CON ESA MIS­MA ARMA QUE ME SORPRENDISTE LAVANDO, VOY A ACARICIAR —ENTONCES— TU COGOTE.

YA TE ESTOY ODIANDO COMO A LOS DUBATTI, ASÍ QUE NO LO OLVIDES Y BOCA CERRADA. ¿EN­TENDISTE?

TENGO PÁNICO Y ESCRIBO PARA ALIVIARME UN POCO DEL PESO DE ESTE SECRETO TERRORÍFI­CO. LE PIDO A DIOS QUE ME AYUDE A CALLAR Y ESPERO QUE SE HAGA JUSTICIA ALGÚN DÍA.

EN EL CUADRO QUE ACABO DE PINTAR Y DEN­TRO DE CUYO MARCO VOY A OCULTAR ESTE MENSAJE, APARECE EL ASESINO CON SU ARMA, EN LA MISMA CASA EN LA QUE COMETIÓ SUS CRÍMENES. OJALÁ RECIBA SU MERECIDO CAS­TIGO.

IRENITA

Un grito arañó la garganta de Hilario:
—¡El jardinero! ¡El jardinero fue el asesino de la familia Dubatti! En el mismo instante en que pronunciaba aquellas palabras, recordó que ya no estaba en el óleo. ¿Dónde entonces?

Hilario se lanzó sobre el teléfono. Comenzaban discar el número de la policía —por más que se le antojaba absurdo todo lo que le estaba ocurrien­do— cuando la sombra de una hoz —proyectada sobre la pared que tenía al frente— lo paralizó.
¡El jardinero del cuadro!
Se dio vuelta con el tiempo justo como para ver lo que mejor no: erguido a sus espaldas y barajan­do la hoz, un viejo.

Durante un instante, Hilario creyó que estaba a salvo. ¡El jardinero del cuadro era un muchacho y no ese hombre de barba y pelos blancos!
Durante el instante siguiente, Hilario entendió que estaba perdido:

¡Ese hombre era el jardinero, con cincuenta años más sobre su piel!
—¡Piedad —por favor— no me mate! —aulló en­tonces.

El viejo seguía haciendo bailar su hoz mientras le decía:
—Ja. Yo no cometo dos veces el mismo error. Voy a degollarte como tendría que haberlo hecho con Irenita, tu estúpida madre…
—¡Le ruego; déjeme vivir y juro que no voy a delatarlo! ¡Mire, mire lo que hago con este mensaje de mi mamá! —e Hilario rompió el papel de la confesión en mil pedacitos y —haciendo un bollito con ellos— se los tragó.

El jardinero estaba a punto de descargar su hoz contra el cuello de Hilario pero el rostro y el cuerpo del muchacho le indicaron que no hacía falta: era evidente que acababa de sufrir un ataque al co­razón.
Pocos minutos después, expiraba.
—Indudablemente, este muchacho se trastornó debido al fallecimiento de su madre… —opinó, días después, el jefe de policía en una conferencia de prensa.

Y vean si no: la autopsia reveló que su última cena fue… papel… Un loco manso, eso es todo… No, su habitación estaba en perfecto orden. Un síncope.
¿El cuadro que encontramos junto a su cadáver y todo roto? Ah, sí. Una pintura hecha por su mamá durante la infancia… Nada de valor… Afectivo sí, por supuesto.

¿Qué representa? Una casa. Una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cor­tinas que impiden ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas… Al frente, un jardín florido y —medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho manejando una hoz. ¿El jardinero de la residencia, tal vez? Pero ya me están haciendo ir por las ramas: ¿Qué tiene que ver el óleo con la muerte, señores periodistas?

Y aquel cuadro —pintado por inexpertas manos infantiles y al que— por lo mismo —no se le otorgó ninguna importancia—, fue a parar a uno de los tantos camiones que recolectan desperdicios, jun­to con todos los demás que había hecho Irenita.

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