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Terapias alteradas: El traje del muerto de Joe Hill

En la última edición de Una Clínica de Todo, Facundo nos estremeció con la lectura de terror contemporáneo.

Terapias alteradas: El traje del muerto de Joe Hill - Radio Cantilo

lunes 24 Jun, 2019

Compartimos un fragmento de El traje del muerto, de Joe Hill, y la lectura atrapante de Facundo.

Jude tenía una colección privada. Había enmarcado dibujos de los siete enanitos y los había colocado en la pared del estudio, mezclados con sus discos de platino. Eran obra de John Wayne Gacy, que los había hecho mientras estaba en la cárcel y se los había mandado. A Gacy le gustaba la época dorada de Disney casi tanto como abusar sexualmente de niños pequeños, y más o menos lo mismo que los discos de su cantante favorito, Jude.
Jude guardaba el cráneo de un campesino al que le habían hecho una trepanación en el siglo XVI para liberarlo de los demonios, y en el agujero del centro de la calavera había colocado su colección de plumas estilográficas. Tenía también una confesión de una bruja de hacía trescientos años. «Yo hablé con un perro negro que dijo que iba a envenenar mis vacas y que haría que mis caballos enloquecieran y mis hijos enfermaran si no le entregaba mi alma. Le dije que sí,
y después de eso le di de mamar de mi pecho». La quemaron en la hoguera.
Conservaba, además, un lazo, rígido y gastado, que se había utilizado para ahorcar a un hombre en Inglaterra a principios de siglo; el tablero de ajedrez con el que jugaba Aleister Crowley cuando era niño, y una película pornográfica en la que alguien era realmente asesinado durante el acto sexual. De todas las piezas de su colección, esta última era la que más le incomodaba poseer. Había llegado a sus manos a través de un oficial de policía que se ocupó de la seguridad en algunos de sus espectáculos en Los Ángeles. El policía había dicho, con cierto entusiasmo, que
el vídeo era enfermizo. Jude lo vio y, desde luego, estuvo de acuerdo. Era enfermizo; y además, de una manera indirecta, también había precipitado el fin del matrimonio de Jude, al que todavía
se aferraba.
Muchos de los objetos grotescos y raros de su colección privada le habían sido enviados por sus admiradores. No era habitual que él mismo comprara algo para su desagradable museo. Pero cuando Danny Wooten, su asistente personal, le dijo que había un fantasma en venta en la Red y le preguntó si quería comprarlo, Jude ni siquiera tuvo que pensarlo. Fue como ir a comer a un
restaurante, escuchar la recomendación del plato del día y decidir, sin necesidad de mirar la carta, que eso era lo que uno quería. Algunos impulsos no requieren consideración alguna.
La oficina de Danny ocupaba una zona relativamente nueva que se extendía en el extremo noreste de las irregulares construcciones de la granja de Jude. En realidad era una ampliación, con
una antigüedad de diez años. Con su aire acondicionado, sus muebles modernos y la alfombra industrial de color café con leche, la oficina era fríamente impersonal, y en modo alguno se parecía al resto de la casa. Podría haber pasado por la sala de espera de un dentista si no fuera por la proliferación de carteles que anunciaban conciertos en marcos de acero inoxidable. En uno de ellos se veía un bote lleno de globos oculares que miraban fijamente, con nudos de nervios ensangrentados colgando en la parte de atrás.

Era el cartel de la gira «Todos los ojos puestos en ti». Apenas terminada la obra de ampliación, Jude comenzó a arrepentirse de haberla emprendido. No había querido verse obligado a conducir cuarenta y cinco minutos desde Piecliff hasta una oficina alquilada en Poughkeepsie para ocuparse de sus asuntos profesionales; pero ya pensaba que eso habría sido preferible a tener a Danny Wooten allí mismo, en la casa. Danny y el trabajo de Danny se encontraban demasiado cerca. Cuando Jude estaba en la cocina, podía escuchar los teléfonos. A veces las dos
líneas instaladas allí sonaban a la vez, y ese ruido le volvía loco.
No había grabado ningún disco desde hacía varios años y apenas trabajaba desde que habían muerto Jerome y Dizzy, y con ellos la banda; pero de todos modos los teléfonos seguían sonando y sonando. Se sentía abrumado por el desfile incesante de personas que le robaban su tiempo, por la acumulación interminable de exigencias legales y profesionales, acuerdos y contratos, promociones y apariciones en los medios de comunicación. No soportaba el trabajo de Judas Coyne Inc., que nunca se terminaba, que siempre parecía hallarse en plena actividad. Cuando estaba en su casa, quería ser él mismo, no una marca registrada.
La mayor parte del tiempo, Danny se mantenía alejado del resto de la casa. Por muchos defectos que tuviera, era muy respetuoso con el espacio privado de Jude. Pero el secretario le abordaba con total desahogo cada vez que pasaba por la oficina, algo que Jude hacía, sin mucho entusiasmo, cuatro o cinco veces al día. El paso por la oficina era el camino más rápido hacia el cobertizo y los perros. Podía evitar encontrarse con Danny saliendo por la puerta principal y dando toda la vuelta alrededor de la casa, pero se negaba a jugar al escondite en su propio hogar sólo para no encontrarse con Danny Wooten“.

 

 

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