Interés General

Terapias alteradas con La piel fría

Facundo Patronelli leyó un fragmento de la obra de Albert Sánchez Piñol y nos puso la piel de gallina en Una Clínica de Todo.

Terapias alteradas con La piel fría - Radio Cantilo

lunes 13 May, 2019

Un hombre llega a una isla perdida en medio del océano y olvidada del resto del mundo para trabajar durante un año en total aislamiento midiendo los vientos. En esa porción de tierra rodeada de agua fría de la Antártida, acompañado de un hombre salvaje y desquiciado, el único ‘otro’ habitante, deberá luchar noche tras noche por su vida, frente al asedio de extrañas criaturas submarinas que los atacan. En medio de la tensión de los ataques nocturnos, en un escenario claustrofóbico y húmedo superados por multitudes, los dos protagonistas se enfrentarán no solo al terror inminente y su segura muerte, sino al peor enemigo de todos: su mente.

Facundo encontró en la historia de Albert Sánchez Piñol algunos guiños a Verne y a Lovecraft, y en Una Clínica de Todo hablaron de algunos bordes oscuros que toca el relato: la soledad, el no poder dormir y todo lo que eso ocasiona.

Además, sonó la canción de una mujer que le habla directo a la soledad y pregunta: ¿si te beso en tu herida, realmente te sentirías mejor, o te daría igual?

 

Compartimos los primeros párrafos de “La piel fría“.

 

Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues,
podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos. Cuando me embarqué ya conocía este principio atroz. Pero hay verdades que merecen nuestra atención, y hay otras con las que no conviene mantener diálogos.
Tuvimos la primera visión de la isla al amanecer. Hacía treinta y tres días que los delfines habían
renunciado a nuestra popa y diecinueve que la tripulación arrojaba nubes de vaho por la boca. Los marineros escoceses se protegían con manoplas que les llegaban hasta el codo. Vestían pieles tan contundentes que hacían pensar en cuerpos de morsa. Para los senegaleses aquellas latitudes frías eran un suplicio, y el capitán toleraba que empleasen aceite de patata como maquillaje protector, en las mejillas y en la frente. La materia se diluía y se les filtraba por los ojos. Lloraban, pero nunca se quejaban.
–Su isla. Fíjese allí, en el último horizonte –me dijo el capitán.
No supe verla. Solo aquel mar frío, como siempre, taponado por nubes distantes. A pesar de que
estábamos muy al sur, las formas y los peligros de los icebergs antárticos no habían animado la
travesía. Ninguna montaña de hielo, ni rastro de aquellos gigantes a la deriva, naturales y
espectaculares. Sufríamos los inconvenientes del sur pero se nos negaba su majestuosidad. Mi
destino, pues, estaba en el umbral de una frontera gélida que nunca traspasaría. El capitán me dio el catalejo. ¿Y ahora? ¿La ve? Sí, la vi. Una tierra aplastada entre los grises del océano y del cielo,
rodeada por un collar de espuma blanca. Nada más. Tuve que esperar toda una hora. Después, a
medida que nos acercábamos, los contornos fueron haciéndose visibles a simple vista.
Allí estaba mi futura residencia: una extensión que de punta a punta a duras penas alcanzaba el
kilómetro y medio, en forma de letra ele. El extremo norte era una elevación granítica ocupada por el faro. Destacaba su altura de campanario. No imponía exactamente por su magnitud, pero las reducidas dimensiones de la isla le otorgaban, por contraste, una consistencia megalítica. Al sur, en el talón de la ele, una prominencia menor, donde asomaba la casa del oficial atmosférico. O sea, la mía. Las dos construcciones se unían por una especie de valle estrecho donde proliferaba la vegetación húmeda. Los árboles crecían como un rebaño de reses, apretándose los unos contra los otros, buscando refugio en los cuerpos ajenos. El musgo los abrigaba. Un musgo más compacto que los matorrales de los jardines y alto hasta la rodilla, fenómeno curioso. Manchaba los troncos como una lepra de tres colores: azul, violeta y negro.
La isla estaba rodeada por arrecifes menores, diseminados aquí y allá. Esto hacía del todo imposible fondear a menos de trescientos metros de su única playa, que se extendía al pie de la casa. Por tanto, no quedaba más remedio que cargar mi equipaje y mi persona en una chalupa. Que el capitán me acompañara a tierra firme debía entenderse como una amabilidad gratuita. Nada le obligaba a ello. Pero a lo largo del viaje se había iniciado entre nosotros una de esas relaciones de mutuo entendimiento que, a veces, surgen entre hombres de generaciones diferentes. Tenía sus orígenes en los barrios portuarios de Hamburgo, después se ganó la patria danesa. Si algo lo definía eran los ojos. Cuando miraba a alguien no existía nada más en el mundo. Ponderaba a los individuos con criterio de entomólogo y las situaciones con carácter de experto. Algunos incluso lo confundirían con severidad. Yo creo que aquella era su manera de aplicar los ideales tolerantes que escondía en la recámara de su espíritu. Nunca confesaría su amor al prójimo con palabras, pero le dedicaba todos sus actos. Siempre me trató con la gentileza del verdugo por encargo. Si podía hacer algo por mí, lo haría. Al fin y al cabo, ¿quién era yo? Un hombre más cercano a la juventud que a la madurez, destinado a una isla minúscula barrida por aires de estigma polar. Durante doce meses tendría que vivir allí, en una soledad de exilio, lejos de toda costa civilizada, con un trabajo tan monótono como insignificante: anotar la intensidad, dirección y frecuencia de los vientos. Los convenios de marina internacional así lo estipulaban. Naturalmente, el sueldo era bueno. Pero nadie aceptaba un destino como aquel por dinero.

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