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Terapias alteradas con Adam Nevill y “El fin de los días”

El terror y la aparición del falso documental. No te pierdas la lectura y explicación de la última historia leída de Facundo Patronelli en Una Clínica de Todo.

Terapias alteradas con Adam Nevill y “El fin de los días” - Radio Cantilo

lunes 02 Dic, 2019

Adam L. G. Nevill nació en Birmingham, Reino Unido, en 1969 y se crió en ese mismo país y en Nueva Zelanda. También es el autor de Apartamento 16 y Banquet for the Damned, una original novela de terror sobrenatural inspirada en M. R. James y la tradición del relato inglés de fantasmas. En la última edición, Facundo Patronelli trajo un fragmento de “El Fin de los días”, una historia que muestra entre otras cosas, el falso documental.

Antes de que escuches a Facundo, compartimos el inicio de la historia:

 

Y la mujer oyó a sus viejos amigos moviéndose en las habitaciones más apartadas de su casa, y
también en las que quedaban más cerca de la entrada. Unos viejos amigos a los que había intentado olvidar durante no sabía cuánto tiempo. Aunque al fin comprendió que su vida había consistido en una larga espera hasta que aparecieran y cumplieran con su cometido, fuera el que fuese. Un cometido que parecían ansiosos por llevar a cabo. Porque los viejos amigos nunca olvidaban. SE presentaban sin que nadie los hubiera invitado y sin avisar. Siempre llegaban después del anochecer.
Últimamente, esos viejos amigos se habían vuelto más atrevidos y fuertes; más hábiles a la hora de colarse en su casa. De entrar. Esa noche, sus movimientos sugerían que la visita era definitiva: el final de un reencuentro que había ido in crescendo.
La mujer cerró los ojos, suspiró y apoyó todo su peso sobre la mano afirmada en el marco de la
puerta. Luego levantó la cabeza, con el cuerpo tenso por la determinación que requería dar el primer paso hacia el interior de la casa. Luego otro. Y otro más. Se detuvo al pie de la escalera de su casa en penumbra, todavía con el abrigo y los zapatos puestos, levantó la mirada y la posó en la oscuridad que inundaba la parte superior de la escalera. Y escuchó con toda la atención de la que es capaz una persona aterrorizada… pero también con la resignación de una persona exhausta.
Tan sólo el débil resplandor de una farola de la calle proporcionaba algo de luz, aunque la claridad no alcanzaba más allá del vestíbulo. Se oyó en la distancia un coche que aceleraba y la mujer deseó encontrarse dentro de él. Se volvió hacia la calle desierta y de repente se sintió poseída por el impulso de salir corriendo hacia cualquier lugar donde todavía hubiera luces encendidas, donde los rostros de las personas conservaran un gesto sonriente, articularan las palabras de una conversación, o simplemente guardaran silencio. Era tan intenso el deseo de unirse a esas personas, de formar parte de sus vidas ordinarias, que resultaba doloroso. Notó la tensión que precedía al momento en el que solía emprender la huida. Movió un pie hacia la puerta. Pero se detuvo. Se quedó allí.
Porque estaba tan condenada como un fantasma el último día de su estancia en el mundo de los vivos; como un espectro que sólo ronda los rincones vacíos de una existencia sin gente; como una sombra que observa la vida desde otro lugar, a medio camino entre este mundo y otro, escuchando el sonido de todas las voces llenas de vida, nítidas, pero incapaz de alzar la suya. Había luchado más que los otros. Resistió cuando los demás sucumbieron.
Una súbita sensación de arrepentimiento, teñida de desesperanza, se apoderó de ella. Vivir con las consecuencias de actos cometidos antes de que la razón y la experiencia se hubieran manifestado era algo tan familiar que hasta resultaba aburrido. Por mucho que regresara al pasado y añadiera suposiciones o cambiara detalles, aquél se mantenía inmutable y la dejaba justo donde estaba ahora: sola. Entonces decidió que ya estaba lista. Tragó saliva y extrajo del bolso el pesado y frío revólver del 38. Y pensar que ella era una de las afortunadas.
Era la tercera casa que alquilaba en los últimos cinco meses utilizando un nombre falso, y había
perdido la fianza de todas ellas por culpa de las paredes y de las marcas que sus viejos amigos dejaron en ellas. Hacía tres días, al salir de su dormitorio y bajar la escalera, se había encontrado la casa helada y sin electricidad. El tufo de aguas residuales y de ceniza de una hoguera apagada por la lluvia ascendía por la escalera del sótano hasta el vestíbulo. En el sótano encontró cables mordidos debajo de la caja de fusibles, y la pared que había detrás de los cables manchada con una sustancia que no supo identificar, casi seca, y que ella tapó con pintura negra. Lloró con los ojos cerrados mientras le daba brochazos a la pared.
También habían empezado a dejar cosas con una frecuencia fastidiosa, dando a la sobrecogedora
relación ya establecida una cualidad de lo inevitable. El día anterior, antes de ponerse a escribir un extenso correo electrónico a su hijo, que estaba en Toronto, a escribir como si fuera el último acto de comunicación que realizaría jamás, encontró un zapatito ennegrecido en el suelo de la cocina. Era pequeño como el pie de un niño, duro como la madera, estaba cosido como un mocasín de gamuza, y era viejo. Muy viejo. Se había desprendido de un pie que ni siquiera se atrevió a imaginar, y soltó una nube de hollín cuando lo recogió con la ayuda de un folleto de pizzas para tirarlo a la basura.

«Y hasta aquí hemos llegado, chica.»

 

 

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