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¿Porqué nos gusta la magia?

Las diferentes formas que toma el ilusionismo fascinan desde siempre al ser humano. ¿Por qué disfrutamos al ver hacer magia? El mago y ventrílocuo Gastón Fabbiani, el ilusionista Ulises Palomeque y el artista callejero Javier Furlong, nos llevan de la mano a ese mundo fascinante.

¿Porqué nos gusta la magia? - Radio Cantilo

viernes 26 Jun, 2020

El arte de alterar la realidad con un solo movimiento. El arte de lograr posible lo imposible. El arte de darle vida a un muñeco.

Las diferentes formas que toma el ilusionismo fascinan desde siempre al ser humano. ¿Por qué disfrutamos al ver hacer magia? Sabemos que son trucos, sospechamos que se está engañando a nuestros sentidos, pero aún así estamos expectantes, ansiosos por lo que sigue.

Quienes saben del tema, aseguran que los grandes magos pueden hacer trucos de tal manera que conmueva a las personas del mismo modo que los conmueve una obra de arte. Es que, ¿de qué se trata sino de arte?

La magia fue la primera forma de lo que se llamó “arte escénico”, anterior al teatro, y que se remonta a la antigüedad en Egipto. Los ilusionistas generaban sorpresa al hacer cosas que desafiaban las leyes de la física, algo exactamente igual que lo que producen hoy arriba de un escenario.

“Nos entretiene como seres humanos esto de que la realidad pueda ser distorsionada de manera tan fácil. Nos divierte la facilidad con que la realidad se puede distorsionar”, opina Ulises Palomeque, ilusionista argentino con más de 20 años de trayectoria, y ganador de la competencia de “magia de cerca” el Congreso Internacional de Ilusionismo en 2012.

“Me pasa que cuando voy a la costa veo los vendedores en la peatonal, haciendo sus trucos… y hacen cosas horribles, mal ejecutadas, sin ningún tipo de técnica… y la gente se agrupa, se fascina igual. Eso demuestra que la magia bien o mal hecha sigue despertando interés, porque a los seres humanos nos divierte esto de alterar la realidad con simpleza“, cuenta además.

Tan hechizados nos tiene la magia, que hasta podemos casi convencernos de que un conejo habla. Eso logró Gastón Fabbiani, ilusionista y ventrílocuo, el día que decidió darle voz a ese mismo conejo que sacaba de la galera.

En Argentina, el ventrílocuo referente que todos recordamos fue Mister Chasman, nombre artístico de Ricardo Gamero, quien junto a su muñeco Chirolita lograron un dúo memorable. Pero no existe hoy un referente popular como él, y de hecho tampoco hay números de ventriloquía tan frecuentemente en los shows de magia. Pocos saben, incluso, que en nuestro país existe el CIVEAR, el Círculo de Ventrílocuos Argentinos que agrupa a referentes de todo el mundo, fundado por el gran referente Miguel Angel Lembo, maestro de Fabbiani.

“Chasman y Chirolita fueron los íconos en Argentina. El clásico muñeco de ventriloquía es Chirolita… todos empezaron a tener muñecos adaptados a él, son todos muy parecidos”, apunta Gastón. “Entonces traté de romper el molde, me dije ¿por qué hay que tener un muñeco como el que hacen todos? Como soy mago, busqué un conejo que sale de la galera y que se llama Atilio. Y descubrí que tiene mucha aceptación con los chicos. Los muñecos tienden a ser medio tenebrosos, algunos hasta los miran de reojo. Atilio es tierno, y cariñoso, gusta a todo el público”, cuenta también.

No es poco lo logrado: en un show, la mejor satisfacción de un ventrílocuo es precisamente que la gente se vea atraída por ese muñeco que habla. Como en los trucos de magia, el público sabe que ese objeto, o conejo en este caso, es inanimado… pero transcurridos unos minutos casi se convence de que realmente está hablando.

“La ventriloquía es el arte de hablar con la boca semicerrada dándole vida a un objeto inerte. Se hace destrabando el vientre, tomando aire y haciendo presión con el vientre. Pero en definitiva… mientras trates de hablar y muevas lo menos posible la boca, si te sale sin destrabar el vientre, genial. Te queda cambiarle la voz al muñeco. Otra dificultad está en las letras que te unen los labios, o el diente con el labio, entonces se tienen que reemplazar, un muñeco de un ventrílocuo no puede de decir vaca, o mamá, entonces en la rutina buscas palabras que no contengan esas letras”, explica Fabbiani.

Al mismo tiempo, concede: “En todo un párrafo, la verdad que una letra no se nota. El público no lo nota. Lo maravilloso de la ventriloquía es que por más que la gente sepa que no tiene vida, se meten en el personaje y llega un momento que lo ven con vida y le hablan… Tiene mucho que ver la parte teatral. No es sólo la técnica sino saber trabajar con las miradas, con los gestos del muñeco, a quién mirar; tratar de que el público centre su mirada en el muñeco”.

Fabbiani es mago y sabe bien de qué habla. Porque precisamente eso ocurre en un número de magia: el público se deja cautivar, se deja hechizar por eso que está ocurriendo en sus narices, a poca distancia, y que su raciocinio le dice que es totalmente inverosímil.

“Cuando arranco mi show le pido a la gente que agudice sus sentidos porque cuanto más preparados estén para descubrir la trampa, más se van a sorprender”, cuenta Ulises Palomeque. “Y eso es más potente además a corta distancia, casi a punto de tocarme, cuando ven que las cosas desaparecen o cambian”.

“Siempre les digo si podemos distorsionar la realidad con tanta facilidad no sé si la realidad que conocemos es entonces tan indestructible. Si nuestro cerebro es fácilmente engañado de esta forma, en la vida debe haber muchas otras cosas en las que nos están engañando y no lo podemos ver con claridad”, apunta. Para pensar.

El arte como trabajo

Fabbiani trabajaba en una empresa automotriz y sólo porque tenía libres los fines de semana, decidió dedicarse un día al alquiler de castillos inflables. Cada vez que iba a las fiestas de cumpleaños de los pequeños a entregarlos, creaba un lindo vínculos con ellos y eso lo hizo pensar en animar también esas fiestas infantiles. Un día quiso agregarle la magia, más tarde la ventriloquía, y más adelante la burbulogía (el arte de hacer burbujas gigantes, que rebotan, que contienen humo o fuego, o que hasta puedan albergar una persona).

Desde hace seis años, Gastón renunció a la empresa y, abocado a su profesión de mago, vive de ella.

No obstante, vivir de profesiones poco convencionales no es fácil. En Argentina son unos pocos los que viven del ilusionismo y son reconocidos por ellos. Un gran porcentaje, en cambio, son magos de tiempo libre, magos de vacaciones en la costa, magos por hobbie que despuntan en bares, de noche, creando ilusiones y cautivando igualmente a su público.

 

Javier Furlong, artista callejero platense hoy radicado en Córdoba, considera que los magos tienen cierto status a diferencia de sus colegas de calle. Sus primeros números fueron al lado de un mago, y eso le ayudó a ir ganando cierto reconocimiento en lo que hacía.

Es que la habilidad de Furlong era y es poco común: desde hace años, sorprende a grandes y chicos levantando objetos … con su pera.

“En realidad arranqué en casa, probando ponerme una clava, un palo de escoba en la pera, algo que ya existe en el rubro de los malabares, pero después fue ir apostando a más… Lo más grande que levanté fue una moto cilindrada 50. Un día, en un espectáculo en la costa, una nena del público de unos 8 años y unos 40 kilos, me gritó: ‘¿A que no me levantás a mí?, y la levanté con silla y todo...”, cuenta entre risas.

Ya en un rubro más circense que mágico, Furlong es de los artistas que desde el vamos supieron que vivirían de su pasión, y no se equivocó. “Hay que tener mucha disciplina, y la realidad es que hay un prejuicio acerca de nosotros, pero con cierto fundamento. Ahí está la diferencia entre el que quiere vivir de esto o el que lo hace porque es una moda. Porque hay mucho de esto de ‘quiero vivir de mi arte’, y lo mío es un comercio. Yo intento ganar dinero con mi espectáculo y no lo veo mal. Amo lo que hago, lo disfruto mucho pero lo tomo con mucha responsabilidad”, explica. “Creo que somos un poco presos del prejuicio, y muchos se creen artistas cuando no lo son: artista es el que cumple y llega a horario, lo más impecable posible, con sus limitaciones y todo”.

En plena pandemia, Javier entiende que el arte, aunque alivia el alma, no es prioridad. Del mismo modo que Fabbiani, que ofrece shows de magia por Internet y tiene un programa en vivo en Instagram los viernes a las 21 hs. en donde desfilan los talentos (‘La noche de los artistas’, en @elgranshowman1), Javier decidió reinventarse y hacer otras cosas mientras permanece la cuarentena. “El artista que se cree mucho más de lo que es el que está quejándose de no poder estar actuando o dando funciones”, opina.

En este sentido, agradece a Internet la posibilidad que brinda de que más gente acceda a material de artistas callejeros como él, con la misma facilidad con que accede a un espectáculo del Cirque du Solei.

 

Y es que, cada uno en su rubro, Ulises, Gastón y Javier son profesionales de la ilusión y ése es su tesoro. No lo son tanto los premios, los reconocimientos ni el prestigio, ya alcanzados, como sí saberse creadores de noches únicas de fascinación… y por largos años.

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