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¿Por qué nos fascinan las historias de asesinos seriales?

Aunque nos paralicen, no podemos dejar de consumir todo lo que se esconde detrás de los casos más perturbadores de la posmodernidad. Algunas respuestas a ese interrogante acá, en esta nota.

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¿Por qué nos fascinan las historias de asesinos seriales? - Radio Cantilo

viernes 20 Sep, 2019

Ted Bundy, BTK, Charles Manson, Ed Kemper, El payaso asesino, El hijo de Sam, Zodiac, Jeffrey Dahmer son algunos de los asesinos más tristemente célebres de la posmodernidad. Todos reconocemos sus nombres por películas, series, relatos populares que cuentan todas y cada una de las atrocidades que cometieron, especialmente, contra una infinidad de mujeres que se cruzaron en su camino. 

No es novedad que la muerte produce una suerte de fascinación en las sociedades prácticamente desde que el hombre existe: los rituales vikingos de sacrificio humano, los romanos y su imponente Coliseo para ver a gladiadores luchar hasta morir, la guillotina francesa en épocas de revolución, las ejecuciones públicas, los linchamientos, son una clara muestra de ello.

Cuando Ted Bundy llegó a la corte de Florida tras haber sido acusado del asesinato de dos universitarias y el intento de homicidio de otra de ellas, su juicio fue televisado. Era 1975 y Estados Unidos ya se había sacudido con otros casos famosos como el de Charles Manson y Ed Kemper. Sin embargo, el encanto de Bundy, su aspecto, su condición de joven estudiante de abogacía y su trabajo en la campaña de Nixon hacían que despertara una curiosidad pocas veces vista hasta ese momento: podía ser el vecino, el novio, el amigo, el compañero de clases de cualquiera. Al mismo tiempo, era el hombre que había violado, torturado y matado de forma brutal a más de 30 mujeres. Y eso aterrorizaba y atraía en partes iguales. “Queremos creer que podemos identificar a las personas peligrosas, pero lo más aterrador es que no podemos. Las personas no se dan cuenta de que conviven con asesinos en potencia”, declaró Bundy en las cintas que se popularizaron a través de Netflix.

A pesar de todo eso, el tribunal estaba repleto de mujeres. Afuera de la sala, otras tantas esperaban para poder ver de cerca a un asesino devenido en estrella popular. Los motivos que las habían llevado hasta allí eran varios: algunas creían en su inocencia, otras querían ver de cerca al hombre que atemorizaba a una nación y otras, la mayoría, sentían una fuerte atracción por él. También, durante los años que permaneció en la cárcel antes de su ejecución en la silla eléctrica en 1989, solía recibir cientos de cartas de amor de sus seguidoras.

Aunque pueda parecer descabellado, la psicología tiene un término para referirse a esa situación: hibristofilia, o la atracción sexual por personas que cometieron crímenes. Esta categoría, desarrollada por el psicólogo John Money en la década del 50, sirve en muchos casos para entender, desde esa disciplina, las razones que movilizaron a cientos de mujeres a fanatizarse por Bundy, a buscar un vínculo sentimental con Manson, a enamorarse de  Anders Behring Breivik, el noruego encarcelado por asesinar a más de setenta jóvenes.

Fotografía del juicio a Ted Bundy en Florida. 

Charles Manson y su prometida, a quien conoció durante su estadía en la cárcel. 

 

Ante este panorama cabe preguntarnos, ¿por qué nos fascinan sus historias y, en ocasiones, ellos mismos? ¿Por qué consumimos todo aquello que tenga alguna relación con sus crímenes? De acuerdo a expertos en la temática, son varias las cuestiones que provocan esta suerte de atracción. Scott Bonn, autor de Por qué amamos a los asesinos seriales: la curiosa atracción por los asesinos más salvajes del mundo, explica que ese magnetismo que sentimos cuando oímos hablar de este tipo de homicidios y femicidios en muchos casos tiene que ver con el “torrente de adrenalina y el querer acercarse al fuego sin quemarse”. Es decir, algo así como experimentar el miedo y el horror pero siempre como espectadores. 

Para indagar un poco más en la temática me contacté con Romina Testa, licenciada en psicología, quien explicó que “el pasaje al acto homicida responde a un tipo de estructura psíquica compleja que generalmente se asocia a lo que los psicólogos llamamos psicosis. La psicosis, a simple vista, demuestra la supervivencia del sujeto en un mundo otro, una realidad inventada por él y en la que se autovalida su delirio incesantemente. Pienso en que esta curiosidad impartida  por sujetos neuróticos -donde el mundo es ordenado, organizado, reglado y significado-, radica principalmente en el desconocimiento y la poca posibilidad de entendimiento lógico de los actos y pensamientos del psicótico.

Pero además, Romina sostuvo que “sabemos que la prohibición (no te casarás con tu madre, no matarás), necesaria en los orígenes del psiquismo para su posterior desarrollo sano, motoriza deseo, fundante del movimiento del aparato psíquico. Con esto quiero decir que sin deseo no hay vida psíquica y que por lo tanto la prohibición, que en psicoanálisis la llamamos castración, es productora de sujetos deseantes. Entonces, en algún punto, deseo y prohibición constituyen dos caras de la misma moneda. La pulsión de ver, de investigar, de saber es generada ante la prohibición originaria del ‘no matarás’. El psicótico pone en acto lo que el neurótico fantasea o sintomatiza”. 

 

El deseo de reconocimiento 

El magnetismo que nos producen las historias detrás de este tipo de asesinos tiene, a su vez, una contraparte: ellos necesitan de nuestro reconocimiento. De allí que Ed Kemper le confesara a la policía sus crímenes, que BTK se entregara cuando perdió la atención de la prensa, que Zodíaco y el Hijo de Sam escribieran cartas a los diarios en las que se ponían los apodos que querían que la población utilizara para nombrarlos y en las que relataban con solemne impunidad las atrocidades que habían cometido, que el asesino de niños de Atlanta cayera en la trampa que le tendió el FBI a través de la televisión y del mediático seguimiento de su caso. 

En todas esas ocasiones -excepto en el caso de Zodíaco, de quien aún se desconoce su identidad- no fue el accionar policial el que logró dar con los asesinos: fue su afán de ser reconocidos por sus actos. El homicida -detalló Testa- busca y se sostiene en la fascinación o sentimiento de terror del otro, en algún punto también buscan generar eso. El perverso que se masturba en público, si no lo miran, no logra satisfacer el deseo porque justamente el fetiche está en la mirada del otro. No hay satisfacción en la masturbación en sí misma, sino en que ese acto sea frente a un otro que lo ve. Eso sería un caso de perversión, el homicida puede también responder a esta categoría diagnóstica”. 

Esa doble necesidad se convierte, así, en una espiral que nos envuelve y de la que nos es casi imposible escapar: ellos necesitan de nuestra atención, nosotros no podemos dejar de dársela, por mucho espanto que, a simple vista, nos cause. “El neurótico siente horror ante la verdad de la castración; la represión se ocupa de producir formaciones sustitutivas.  En cambio, para el perverso la castración es siempre del Otro, por lo que puede ocuparse más fácilmente del tema de la verdad”, señalan Silvia Tendlarz y Carlos García en su obra ¿A quién mata el asesino?. 

Pareciera, frente a estas situaciones, que no solo nos gusta experimentar un miedo controlado sino también ver ejecutados por otros aquellos actos inconmensurables, incomprendibles para nuestro ser social. ¿Son, entonces, una suerte de catarsis, de catalización de nuestro costado más oscuro? Esa reflexión se las dejo a ustedes.

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