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Munchausen, psicosis o cómo enfermar a tu propia hija

En 2015, la sociedad estadounidense se conmovió frente al inexplicable crimen de Dee Dee Blanchard. Pero, ¿qué fue lo que desencadenó su brutal asesinato?

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Munchausen, psicosis o cómo enfermar a tu propia hija - Radio Cantilo

miércoles 22 Abr, 2020

Cuando Dee Dee Blanchard apareció muerta a puñaladas sobre su cama la noche del 14 de junio de 2015 probablemente nadie imaginó que detrás de aquel asesinato se encontraba Gypsy Rose Blanchard, su única hija. Quienes las habían conocido sabían que la joven padecía de leucemia, distrofia muscular, alergia al azúcar, asma y otro puñado de enfermedades crónicas que habían impedido que su vida se desarrollara con normalidad. Incluso la habían convertido en un ser totalmente dependiente de su madre, que vivía para cuidar de ella. 

Sin embargo, nada era lo que aparentaba en aquel hogar de Springfield y apenas algunos días fueron lo que Gypsy Rose pudo vivir en libertad antes de ser capturada en la casa de Nicholas Godejohn, su novio, a quien había conocido en una página de citas online y con el que había comenzado una relación a distancia. Durante las noches, en largas sesiones de chat, empezó a gestarse el plan que culminó con el asesinato de Dee Dee y cuyo único fin era conseguir sacar a Gypsy de la casa en la que convivían. 

Aunque todos estos hechos pueden verse en The Act, la producción de Hulu por la que Patricia Arquette se alzó con un Globo de Oro y con un Emmy, poco tiene de ficcional el relato estrenado en 2019. Pero, ¿qué fue lo que llevó a que se desencadenaran esa serie de hechos? El maltrato al que fue sometida Gypsy durante gran parte de sus 24 años de vida y al que la psiquiatría define como Síndrome de Munchausen por poderes: un trastorno a partir del cual una persona induce enfermedades a otra que tiene bajo su cuidado. En la psicología, por su parte, este síndrome, dentro de la teoría psicoanalítica, puede equipararse a lo que se denomina estrago materno: el malestar o el accionar de la madre sobre el hijo en relación a no poder reconocerlo como un otro, a no poder atribuirle un deseo distinto al de ella. 

En otras palabras, Gypsy Rose no padecía ninguna enfermedad: su madre le había hecho creer a ella y a todas las personas que la rodeaban, incluído el padre de la joven, que sufría una infinidad de trastornos para los que la medicaba a diario. “Si lo pensamos desde la clínica, se habla de dos grandes cuadros: la neurosis y la psicosis. Todas estas características, los síntomas, estarían del lado de la psicosis. Estamos hablando de madres psicóticas”, resume Lucía Pinceti, licenciada en Psicología. 

Ahora bien, ¿qué características tienen los cuadros psicóticos? Pinceti afirma que “en principio, hay algo de la realidad que está difuminado, que lo ven de otra manera. Otro síntoma particular de la psicosis es la certeza: no es que se lo creen, para ellas es así. Es inconmovible. Y no tiene que ver con mentir o con creer, es su realidad psíquica. Para esta mujer, la hija estaba enferma. Después habrá que ver qué cuestiones armó en su cabeza para pensar en eso. Las enfermedades pueden ser tan grave como cáncer a cuestiones un poco más leves pero que pueden generar el mismo malestar en el hijo”. 

Otra de las particularidades que aparecen a menudo en este tipo de situaciones es la tendencia de las madres a infantilizar a sus hijos: desde la vestimenta hasta el trato que tienen hacia ellos. También pueden ver la luz síntomas que no se condicen con el estado físico del niño en cuestión y visitas constantes al médico en busca de un diagnóstico negativo o un tratamiento invasivo. “Hay algo muy característico también que es la falta de angustia: una madre que no se angustia por el malestar de su hijo. Pareciera hasta disfrutarlo. Se muestra sobreadaptada: ‘es lo que me tocó y lo hago con todo el placer’”, afirma Pinceti.

Violencia primaria: una secuencia en loop 

La psiquiatra y psicoanalista italiana Piera Aulagnier desarrolló a mediados de la década del 70, en su libro La violencia de la interpretación, la noción de violencia primaria. A través de ese concepto, explica que durante los primeros meses de vida la madre se ve en la obligación de interpretar los deseos del hijo. Si llora, ella decodifica: tiene hambre, tiene sueño, tiene alguna dolencia. Es, sin embargo, una acción necesaria para la supervivencia del bebé y se genera como una respuesta a una demanda. 

A medida que el niño crece, esa violencia tiende a desaparecer cuando puede expresar su deseo y negarse a algo impuesto. “Si la madre puede aceptar este ‘no’ y el niño puede elegir otras cuestiones, ahí podríamos pensar en una madre que permite la salida de su hijo de esa célula simbiótica madre-hijo del primer momento necesaria para que un niño sobreviva. En los casos del Síndrome de Munchausen o el estrago materno, son madres que no pueden aceptar esto. Entonces esto de los primeros tiempos, de atribuirles todos los deseos a ese niño sin posibilidad de que pueda desear otra cosa, se perpetúa en el tiempo. A veces ese estrago no llega a desarrollarse en ese síndrome que enferma hasta orgánicamente a un niño, pero hay matices. El matiz más grave llega a ser esto”, explica Pinceti. 

Se trata, en definitiva, de una cuestión de poder, de un ejercicio de control sobre un cuerpo y una psiquis ajenos. “Yo nací para ser tu mamá”, solía decir en público Dee Dee Blanchard, conmoviendo a cuanta persona la oyera pronunciar con calidez esas palabras a Gypsy. Aquella afirmación, cargada de una aparente ternura, sin embargo, revelaba su peor cara: la de no lograr constituirse fuera de ese vínculo. Y, por supuesto, la de no permitir que su hija lo hiciera. 

¿Puede una situación de semejantes características enmendarse? Hay marcas que nos forman y que quedan grabadas en nosotros de manera permanente. Existen, al mismo tiempo, patologías que afectan a las personas por el resto de su vida. Y cuando una relación fundante como la que se establece entre una madre y un hijo se ve atravesada por una serie de acciones tan invasivas y nocivas como las que constituyen al Síndrome de Munchausen o al estrago materno, no hay punto de reversibilidad posible de alcanzar.

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