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“Legüereale” y el bombo entre las piernas

Legüereale es el colectivo de bombistas y artistas que vibran haciendo música desde 2012. En la charla con Ciudad Despierta, se definieron como la grupa o comunidad que tienen a la música y la ronda como lema.

“Legüereale” y el bombo entre las piernas - Radio Cantilo

jueves 09 Abr, 2020

“Esto que hacen ¿es una macumba?”, pregunta con cierta suspicacia una señora del público, después de los aplausos.

Las bombistas y el resto de las músicas de Legüereale acababan su recital y saludaban a la gente debajo del escenario. Una de ellas le sonríe y en su mueca se esconde la certeza de que esa pregunta iba a llegar, de un momento a otro.

Estaban habituadas a que parte del público no entendiera que una mujer podía tocar un instrumento que siempre estuvo en manos de los hombres, podía abrirse de piernas y ejecutar. Y que lo hiciera apropiándose de él, del bombo legüero, para darle otra identidad y demostrar que podían no estar haciendo folclore.

Aludir a la “macumba” es suponer que hay prácticas de las religiones afro, con el característico tambor destinado a llamar a los espíritus en ceremonias africanas, bailadas y cantadas, y que en tiempos de esclavitud eran claramente clandestinas. Mujeres en plan de brujería parecía encajar mejor en el imaginario de la gente.

Pasaron los años y los prejuicios cedieron su fuerza. Legüereale, el colectivo de artistas (percusionistas, cantantes, bailarinas, flautistas, chelinistas) que vibran haciendo música desde 2012, siguió su recorrido. Hoy se definen como la grupa o comunidad que tienen a la música y la ronda como lema.

“La diversidad es lo que caracteriza al grupo -explica Mercedes Sacchetti, una de las cuatro músicas que irrumpe en la noche de Ciudad Despierta-. La instrumentalización representa algo ecléctico, y la sonoridad arranca en el bombo legüero, que es la raíz y tiene que ver con el movimiento de las mujeres conectadas y volviendo a la ronda y al encuentro”.

Quienes entienden de folclore, saben que “legüero” es el bombo más conocido del género. Su nombre proviene de una creencia de los primeros percusionistas (o bombistas) acerca de que el poder de su sonido se escuchaba “a más de una legua”. Es conocida la convocatoria “¡Vení a legüereale!” en el interior del país, sobre todo en la provincia de Santiago del Estero, como propuesta para juntarse a tocar el bombo y de allí nace el nombre de este colectivo, fundado hace ocho años por la artista Yanil Abu Aiach en la ciudad de La Plata.

Este verdadero ensamble de Bombos Legüeros está hoy integrado por catorce mujeres de diferentes regiones del país, quienes transportadas por la experiencia vibracional de los instrumentos hacen un despliegue de danza, zapateo y otros ritmos más allá de nuestra cultura folklórica, porque le suman otras expresiones afrolatinoamericanas.

En oposición a lo que muchos suponen, “hay una relación directa entre la percusión y las mujeres”, explica Leticia Farignon. “Tiene que ver con el sentir, el latir, el conectarte con los latidos del corazón. Es cierto que siempre fue una propuesta masculina, el bombo estaba entre el violín y la guitarra, pero el poder abrirnos a esto tiene que ver con el proceso histórico de las mujeres de poder conectarnos en comunidad y en grupo, latir juntas desde lo colectivo. El latir del bombo te genera una vibración corporal que debe ser vivenciada… No hay palabras para definir lo que es esta conexión vibracional”, concluye.

El tiempo, y un largo proceso de reivindicación del lugar de la mujer, despejó muchas incógnitas. Las mismas que hicieron a esa recelosa señora indagar si se trataba de macumba. Las mismas que hicieron que la mitad de un teatro colmado en un pueblo de Santa Fe, años atrás, se levantara y abandonara el lugar, incomodados con la propuesta, acaso asaltados por la pregunta de por qué la mujer desde ese lugar, por qué esa energía, por qué esa necesidad de mostrarse con tanta fuerza…

“Muchas veces también se vino la pregunta ‘¿Cómo hacen para no pelearse?’. Una pregunta que dejaba por sentado que estamos entrenadas en esto de la competencia. Son todos preconceptos que hay alrededor de la conexión de las mujeres en grupo. La realidad es que contra esto estamos luchando, un sistema amplio que está en todos los aspectos de la vida. Y de ahí la necesidad de buscar espacios alternativos, como los festivales emergentes, que son espacios de mujeres haciendo cualquier cosa, desde tejer, coser, bailar, hasta pintar ¡o hachar!”, reflexiona también Leticia.

“El arte moviliza y permite pensar. Y generar movimiento, ruputura, preguntas, es lo importante. Además, tocar un instrumento pone en juego un montón de cosas de vos, todas tus emociones están puestas ahí. Salis con otra energía porque te devuelve energía, y se canaliza para otro lado. Te conecta con lo profundo de vos… es la parte más hermosa que tiene el bombo”, agrega Agustina Angelis, otra de las bombistas integrantes.

Pasaron ocho años del episodio de la gente abandonando el teatro en Santa Fe. Y cambiaron las preguntas. Afortunadamente. Delante del colectivo pasó la historia, y el feminismo dejó marcas imborrables: “Fuimos rompiendo estereotipos, el feminismo lo hizo. Con todo lo que eso significa, la problematización, la reflexión. Ahora, la gente que se acerca a Legüereale es diferente, hubo una modificación de la relación de las mujeres con el instrumento, y con el hacer. Fue a partir de la necesidad de encontrarnos y vivir lo artístico desde lo colectivo”.

A la vez, sostener un proyecto, catorce personas provenientes de lugares tan diversos, no se logra sin darle un espacio importante al diálogo. Para ellas fue clave: “El diálogo es fundamental. Porque, no lo neguemos, estamos enviciados en el día a día con estos aparatitos y la inmediatez de la información. Hablar nos hace revisarnos permanentemente, revisar cómo te comunicas con la otra persona”.

El crecimiento que tuvo el grupo inspiró a la realización de un documental. La idea fue de la directora Nadia Martínez, quien se valió de una oportunidad de viaje de las chicas hasta la ciudad de La Paz, en Bolivia, donde se reunieron con otras mujeres tomboreras. De ahí se gestó Mujer salvaje, que se estrenó el año pasado a sala llena en el espacio INCAA de La Plata.

 

El primer viaje que cuenta el film documental es justamente ese, el itinerario en distintos medios de transporte que hacen las artistas para encontrarse en ese país con Warmi Tambor, un grupo de percusión integrado por mujeres. El segundo viaje que narra es el viaje musical, el que hacen en conjunto las artistas, las argentinas y las bolivianas, construyendo lazos más allá de las diferencias, aprendiendo de lo ancestral siempre hermanadas por la música.

“Era un grupo de tamboreras con una fuerza increíble, eran más heterogéneas y allá ya estaba pasando esto de encontrarse empoderadas, bajando una energía desde un lugar más inconsciente, desde el cuerpo… desde un lugar que te hace manada, te unifica y te da fuerza”, recuerdan las Legüereale.

Admiten también que desde entonces han ido mutando, porque se encontraron con diversas necesidades en el camino: crecer, romper estructuras y estereotipos, sanar vínculos y generar consciencia. “Es la búsqueda en la que estamos, por eso es tan ecléctico, tiene movimiento permanente, te lleva para distintas sintonías y también te conecta con la alegría más profunda, con emociones y ahí está la base de poder transformar en algún punto las cosas”, refieren, y aseguran que es un proceso necesario para todos los seres humanos.

El colectivo se caracteriza además por trabajar autogestivamente, y por el aporte que cada integrante hace desde la multiplicidad. En el escenario, no sólo son bombos legüeros y tambores: hay también guitarra, instrumentos de viento, violoncelo, ronroco y otros más, además de la voz. Porque aunque prima el lenguaje corporal, tan vinculado con las danzas tribales y lo más primitivo, la necesidad de incorporar más palabra hablada y lírica nació del uso de los propios instrumentos.

En lo que transcurre del año, ni sus bombos ni sus cuerpos descansaron. La paz del fuego, el disco que surgió de su inmemorable viaje a Bolivia, estuvo sonando en distintos espacios hasta la llegada de la cuarentena obligatoria. Desde entonces, el grupo se encuentra en plena etapa de trabajo para coordinar una gira que las llevará por México.

Mientras tanto suenan en Spotify, en Youtube y en cuanta red social existe, convencidas de que llegar a la mayor cantidad de gente posible es uno de sus objetivos. También recuerdan que funcionan como cooperativa, una propuesta inclusiva y abierta a todas las edades y géneros con clases de guitarra, de cocina, y hasta de zapateo, entre muchos otros talleres.

“Ya el sistema en el que vivimos es punitivo, entonces la idea es pensar en microespacios y construir desde la diferencia. No todos somos iguales y hay que tenerlo presente“, concluyen.

Legüereale es eso: una comunidad que a través del arte se hermana, se empodera, vibra y reconvierte la energía que captura. Con el bombo entre las piernas, como el símbolo más claro de que la lucha por el lugar de las mujeres en cada espacio… sigue dando frutos.

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