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La vida es una maratón

¿Porqué corremos? te contamos la historia del término maratón, y revisamos el camino de un runner, desde la línea de largada hasta la meta.

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La vida es una maratón - Radio Cantilo

jueves 06 Jun, 2019

Todo lo que hoy sabemos y conocemos sobre la civilización occidental está ligada al nacimiento del maratón. Parece por lo menos exagerado, pero la leyenda nos lleva cerca de Atenas, a una llanura llamada Maratón, donde se liberó una de las batallas más importantes para el porvenir del ejército griego, recordada como “la batalla de Maratón”.

Las fuerzas del ejército persa dieron una amenaza previa al enfrentamiento: si ganamos, iremos a su pueblo, violaremos a sus mujeres y asesinaremos a sus niños. En nuestro marco moral y civil, hoy por la mitad de esa amenaza todo el ejército persa estaría condenado a socialmente, o al menos lucharíamos para que así sea. Arrinconados por la advertencia, los griegos resolvieron con sus mujeres que si para X día a X hora los guerreros no volvían triunfantes a casa, sean ellas las que tomen la decisión de asesinar a sus niños y suicidarse. El concepto ahí es claro: si se nos va la vida en esta batalla, seremos nosotros los que definamos nuestra eternidad, y no ustedes los que violen y asesinen a nuestra gente.

La batalla de Maratón (tras varios días de amagues y formaciones) sucedió a mediados de septiembre del año 409 a.C, y se convirtió en un ejemplo de estrategia, táctica bélica y armamentística. La inteligencia griega derrotó con 10.000 soldados a los 20.000 atacantes persas, que fueron masacrados intentando volver a subir a sus barcos para escapar. Hubo otras contiendas más recordadas en la historia, aunque esta fue la primera gran victoria de un ejército occidental a uno asiático.

En medio de las celebraciones, algún atento se dio cuenta que todo el tiempo que demoraron en encontrar el ángulo de ataque para arrinconar a los persas, había puesto a las agujas del reloj en contra. Contaban con muy poco tiempo para llegar a Atenas y dar la buena nueva. De no lograrlo, el triunfo hubiese significado la muerte de todas sus mujeres y niños que tenían marcada la hora para morir. Nunca tan literal la idea de Deathline.

El mensajero designado fue Filípides. Su misión constaba de correr un maratón de 40 kilómetros desde Maratón hasta Atenas, y vale el juego de palabras. En sus piernas estaba el destino del pueblo de Atenas, de las familias de los triunfantes guerreros, y de todo lo que luego se escribiría sobre aquella tarde de gloria en la arena de Maratón. Y Filípides corrió. Lo hizo tanto como sus piernas, rodillas y pulmones le permitieron. Pero corrió. Al llegar, (SI, ¡LLEGÓ!) dio el desesperado aviso de victoria sobre los persas y detuvo el suicidio en masa. Pero, extenuado por la sobre exigencia física que experimentó su cuerpo, cayó sobre sus propias rodillas y se desplomó muerto. Dejó la vida en el maratón.

Así nació el término para lo que actualmente conocemos como la carrera de larga distancia que consiste en recorrer una distancia de 42,195 kilómetros. El evento deportivo existe en todo el planeta y forma parte de las agendas y calendarios de los corredores del mundo. Sabemos que hay tres instancias que componen una carrera, y son asimilables a cualquier estructura narrativa de una película. Preparación/conflicto, la cerrera/el nudo, y la llegada a la meta/el desenlace. Iremos por partes para entender por qué las personas corren, hacia qué van, y qué encuentran en el camino.

La línea de fuego es la de la partida

Uno, dos, tres, respiro, uno, dos, tres, respiro. Me tira el aductor, respiro. Uno, dos, tres, me duele el vaso, respiro. No tengo que parar, no tengo que parar, respiro. Me entra menos aire, mejor respiro más cortito. Uno, respiro, dos, respiro, tres, respiro, me duele la rodilla. Voy a parar, yo no puedo hacer esto. No puedo hacer esto. No puedo. Paro y camino. Mejor me voy a casa, no quiero sufrir. No puedo ni trotar.  

Si uno pudiese entrar en el cerebro de cada persona que claudicó intentando trotar, ¿encontraríamos algo así?  Hay, por los menos, dos planos evidentes para entender porqué actualmente existen más maratones programados los domingos que gente en las iglesias, y uno es simple y sencillamente la ganancia física. Cuando hacemos deporte le damos luz verde a la hormona de la felicidad, a la tan añorada endorfina. Pero, y aunque lo dicho a continuación arruine parte de la mística que compone nuestros mejores sueños, no somos Forest Gump, que un buen día tomó la decisión de atravesar Estados Unidos trotando y lo hizo durante tres años, dos meses y catorce días. Nadie es Forest, y no hay nada que tenga que ver con una capacidad física humana que pueda adquirirse de cero a cien en una semana.

Según el deportólogo Jorge Franchella, si pensamos en la salud, toda actividad de tipo carrera, (con una intensidad del 60 o 70% de la máxima capacidad que tiene quien corre), va a generar beneficios conocidos como “esfuerzo isotónico”, y va a hacer que circule mejor la sangre, se entrene más el corazón y aumente la capacidad cardiovascular. Si hablamos de carreras de larguísima duración como una maratón, hay un límite entre la salud y el deporte o la competencia y en ese caso, deberíamos supervisarlo con profesionales que te vayan orientando en el entrenamiento para que sea salubre y apto para cada quien. El punto medio de esa situación, es decir, correr de manera moderada, también aumenta la capacidad cardiovascular, reduce el azúcar en sangre y previene lo que conocemos como debiates, aumenta la cantidad de calorías que quemamos de forma crónica, lo que se recomienda para bajar el peso corporal. Y si estamos trotando, estamos saltando sobre nuestros huesos, lo que genera un aumento de estimulación de calcio y hueso que se forma, lo que previene la osteoporosis. Es decir, la mayoría de los factores de riesgo se ven beneficiados.

Al asunto de correr podemos pensarlo también en términos económicos. Si le decimos que no a la industria de la zapatilla más cara y cómoda del mercadoon suela de colchón de plumas, a la súper remera y al mega gimnasio en pleno centro; ¿cuánto te sale correr? La respuesta la conocemos todas y todos. Por ahora, junto con el aire que respiramos y algunas pocas cosas más, correr es gratis.

Acá, en el punto de largada (tanto para referirnos al momento en el que decidimos empezar a movernos o en la línea de largada real de un maratón), la gran encrucijada es psicológica y emocional. ¿Yo puedo con esto? ¿para qué sacrificarme tanto? ¿qué sentido tiene?

Carolina tiene 34 años y siempre trotó. Pero el año pasado decidió correr los 42K en Nueva York. Lo que para ella implicaba una preparación mucho más dura y larga. “Cuando empecé a entrenar tuve días en los que pensé que no había forma de llegar a los 42K. ¿Cómo voy a hacer? Me decía. El entrenamiento se vive de forma muy intensa y emocionante. Muchas veces lloraba de emoción y otra de completa bronca: ¿quién me manda a mí a hacer esto? Te lesionas, hace calor, hace frío, es muy difícil a veces, pero correr es un descargo de energía increíble“. Por supuesto, lo logró.

Carolina en la previa del Maratón Nueva York, 2018.

Lo importante es el camino

Los runners invaden las plazas y los bosques a la madrugada, cayendo el sol o después de la cena. Aparecen en banda o en solitario, pero siempre están en las esquinas de nuestras casas, colorados, transpirados, desafiados. En esa manía que tenemos por derribarlo todo, le han adjudicado al running el mote de “adicción”, o de “droga sana”, y también es naturalmente desacreditado por encontrarlo “una moda” de época, como lo fue en la Argentina de los 90 el tenis, o el spinning, zumba y pilates en los gimnasios del siglo XXI. Lo cierto es que a diferencia de la droga en el rock and roll o las dietas a base de bulimia, nadie morirá por entrenar de forma equilibrada, y si con adicción nos referimos a hacerlo todos los días, de seguro más de un crítico quisiera padecer de “entrenamenitis aguda”.

Se replican en todos lados las historias de superación a través del running. Sin sumergirnos en el costado espiritual que podemos encontrar en cada cosa que decidamos hacer, muchas veces el motor para alcanzar un objetivo tiene que ver con eso. Con la literalidad palpable que hay en llegar a una meta después de un largo trayecto. ¿A quién no le hace feliz cumplir un objetivo? El desafío como motor propulsor para empezar, puede encontrarse ahí. En comprender que sin receta mágica ni inversión millonaria, la motivación se encuentra en el bienestar físico, mental y para muchos, también espiritual: “A mi me acompañó mi abuelo desde el cielo, yo sentía la mano en la espalda ayudándome a llegar, y se la dediqué a él“, cuenta Carolina.

Como en la ficción, una trama se mantiene a flote en el arte del buen desarrollo. A veces es tentador saltearnos pasos para llegar a la meta, y acá aparece la clave de los runners, que radica en no excederse: “Del mismo modo que podemos tener un organismo sano pero no adecuadamente entrenado para un cierto nivel de esfuerzo, el estar sano no implica que podamos hacerlo con la intensidad y duración que a veces nos proponemos”, dice el deportólogo, y agrega: “hay un test de campo hecho por profesionales que nos permite empezar y mantener un ritmo y nivel saludable, y son aproximadamente ocho semanas las que tarda nuestro cuerpo y células en ir cambiando la capacidad, tolerancia y resistencia. Recomendamos conocer nuestro nivel inicial e irnos entrenando siempre contemplando nuestra capacidad individual y física”.  Lo que traducido a un viejo dicho de uso popular significa que lo bueno sería poder transitar el entrenamiento sin prisa, pero sin pausa.

 

Correr no es de héroe

Lo vemos en nuestros consumos culturales, en las ficciones, en la literatura e incluso en nuestra propia cosmovisión del mundo: todo, o casi todo, se piensa en términos de buenos y malos, villanos o superhéroes. Estamos agrietados hasta para definir nuestros logros, y nos sentimos guerreros triunfantes si cumplimos una meta deportiva o de formación académica. Nuestra familia llora y nos espera al final del camino para abrazarnos o tirarnos huevos. Vivimos la vida en inicio, nudo y desenlace con triunfos y derrotas. Nos cuesta ver el tránsito, los procesos. Disfrutar del andar es la deuda de la era moderna, siempre ansiosa y resultadista.

El acto físico de correr es individual, y aunque un grupo de profesionales y seres queridos nos acompañen, el acto en sí es absolutamente personal. No hay nada de heroico en entrenar, generar endorfinas, mantenerse físicamente sano y ser feliz corriendo. Ser héroe es otra cosa, y lo podemos dejar en la mitología, en los campos de batalla o para los mejores cómics. Incluso queriendo adjudicarle el rótulo de héroe a algo o alguien, de seguro haya actos más asociables al heroísmo en la vida cotidiana y anónima que en el acto de correr. No obstante, alcanzar una meta para el runner representa un instante de felicidad que aún hoy intentan poner en palabras y al parecer, siempre parece insuficiente: “Todo eso que se vive en el entrenamiento, después se transforma en emoción. Y te lo digo y se me pone la piel de gallina. Es una emoción única”.

Si correr es una moda, es de las longevas. El circuito de corre caminatas, maratones y eventos relacionados han sido incorporados por marcas, ONG´s, instituciones, municipios y organizaciones de diversas áreas y a nivel global. Detrás y adelante de toda esa maquinaria hay personas que, bien sea para mejorar su salud o para amigarse con ese rato de vida, se ataron los cordones y empezaron a correr. Y dicen los que lo hacen, que no hay vuelta atrás.

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