Interés General

Jueves de cuentos: Tren a Zurich

Reviví el fragmento del relato de Juan Manuel Guerrera en la voz del Gallo Bluguermann.

Jueves de cuentos: Tren a Zurich - Radio Cantilo

jueves 05 Dic, 2019

“El destino final era Zurich, ciudad ubicada a unos mil kilómetros de distancia. Entramos en el compartimento y saludamos a las dos mujeres, con una sonrisa más sugestiva que necesaria, estrechándoles la mano mientras nos presentábamos en inglés. El saludo, medido, buscaba equilibrar el desordenado deseo de explorar a nuestras nuevas compañeras de viaje con la civilizada lejanía que las personas prefieren a la hora de un saludo inicial. Las mujeres respondieron con moderado entusiasmo, tal vez porque no entendieron nada de lo que dijimos, ya que al parecer solo hablaban un idioma incomprensible para nuestros oídos, probablemente húngaro.

El compartimento tenía seis camas, revisamos que los números asignados fueran los correctos y acomodamos nuestro equipaje. Mientras tanto, las mujeres no bajaron la música, lo cual no sé si me molestaba, pero me llamaba la atención. ‘Qué raro que no bajen la música’, le comenté a Gino luego de conversar un rato. ‘Sí’, me contestó.

Mi comentario fue casi una provocación para Gino, que tomó a una de las mujeres del brazo y, señalando el equipo, le consultó vagamente por el origen de aquella música. Culposas, ajustaron el volumen de inmediato, mientras parecían disculparse. Gino omitió las aclaraciones y buscó en cambio conocer sus nombres: Dika y Malina. Les dejó saber que éramos de Argentina y algunos datos básicos relacionados, como que hablábamos en español. El empuje de la intención logró extender la conversación, algo que el efectivo entendimiento jamás hubiera conseguido. Dika, la menos atractiva y quizás por ello la más decidida, contribuyó con algunas palabras clave en inglés que ayudaron a desatar algunas conversaciones anudadas, por no decir inexistentes. Al poco tiempo de puesto en marcha el tren, una tercera mujer se sumó a nuestro compartimento. Su nombre era Rozi y conocía a las otras dos mujeres. Luego de acomodarse en su cama, se sumó a nuestro diálogo de voluntades y sin demasiado esfuerzo le arrebató a Malina el título de la más atractiva del grupo.

Cuando se agotó el esfuerzo inicial de la conversación y la comodidad del propio idioma terminó por imponerse, decidimos con Gino salir al pasillo. Miramos por la ventana, ya era de noche. Adivinamos el frío y la negrura del otoño tardío asentado sobre la invisible llanura húngara, que nuestro tren atravesaba sin demasiada prisa. Cuando prestamos atención al pasillo, tan angosto como dos personas cruzándose, nos fue imposible permanecer indiferentes. Otros pasajeros también habían salido de sus compartimentos, quizás a estirar las piernas o a refrescar sus sueños en la oscuridad de la ventana. O a recordar un infierno que estaban dejando atrás, o a imaginar uno que se avecinaba. No lo sabíamos. ‘Che, ¿por qué hay tantas minas en el pasillo?’, le pregunté a Gino”.

“La irrupción del guarda postergó las sospechas, que ya comenzaban a crecer, y nos envió de regreso al compartimento, donde buscamos nuestros boletos y pasaportes. El guarda, que como todo en el tren parecía húngaro, tomó nuestra documentación y la examinó largamente, con una notable capacidad para no aburrirse. Cuando llegó a una conclusión, nos anunció en un esforzado inglés que los boletos eran inválidos, debido a que no habíamos completado la fecha de uso. Por lo tanto, debía retener la documentación hasta que pagásemos una multa cuyo valor era exorbitante. Inútil fue explicarle mil veces que no conocíamos el procedimiento y que hasta ese momento habían sido los guardas quienes habían completado la fecha de los boletos. La discusión se extendió por más de una hora. Dika, por experiencia o diversión, nos alentaba a no ceder. El guarda, agotado, decidió cerrar la controversia amenazando con bajarnos del tren en la próxima parada, cuyo nombre era irrecordable pero se trataba en esencia del centro gélido de la nada húngara. Agotadas las instancias de argumentación, le dijimos que muy bien, que pagaríamos la desgarradora multa, pero que luego de una hora de discutir con nosotros sabía muy bien que no le estábamos mintiendo, que éramos de Argentina y no nos sobraba el dinero, como seguramente tampoco le sobraba a él o a sus hijos. Para terminar, le dijimos que debería cargar con esa culpa hasta el final de los tiempos, dándole un cierre decididamente emotivo a nuestro alegato final. Fue entonces cuando, por primera vez, la mirada del guarda divergió de sus palabras y nos dijo que lo sentía mucho pero así eran las reglas, así que iría por los recibos y regresaría para efectivizar el cobro de la multa.

Mientras esperábamos al guarda que nunca volvería, nos percatamos de que habíamos concentrado la atención de todos los pasajeros del pasillo. O mejor dicho, de las pasajeras, ya que eran casi todas mujeres y jóvenes. Gino me miró, luego volvió a enfocarse en el pasillo y lanzó una soga visual cuyo extremo quedó anclado en los ojos de una de las chicas, Lumi. Ajustó esa cuerda imaginaria y tiró hasta quedar parado muy cerca de ella. Entonces descubrió que la mirada de Lumi — es decir, Lumi — era dura, resistente y audaz.

Quedaron enfrentados a una respiración de distancia, casi sacándose chispas. Gino le hablaba en español y Lumi le contestaba en su propio idioma, ambos con llamativa determinación. La conexión fluía y parecían entenderse, a pesar de los idiomas incompatibles, o quizás gracias a ello. Él sacó de su bolsillo una pequeña guía de Budapest. Entre otros recursos ofrecía una treintena de frases en húngaro, incluyendo algunas que desafiaban al turista a probar suerte en el difícil arte de la seducción magiar. Le mostró a Lumi la palma de su mano, pidiéndole paciencia, mientras leía la guía en silencio. Todo el pasillo, convertido ahora en una especie de tribuna, miraba expectante. Los seis pasajeros del compartimento más cercano ya se habían acostado, pero no se privaron de abrir bien la puerta y asomarse desde la cama. Casi como un silencio, el sonido del tren avanzando sobre rieles y durmientes lo había ocupado todo. Mucho antes de estar preparado, Gino comenzó a disparar palabras en húngaro, con la ayuda de su pequeña guía, mientras las mujeres del pasillo explotaban en gritos y aplausos. Lumi también reía, mientras alternaba comentarios impenetrables con las mujeres que la secundaban. El show público de cortejo intercultural duró varios minutos. Lumi no retrocedía ni un milímetro y Gino ya no podía acercarse más, así que buscaba una caricia en los brazos o en el pelo, mientras intentaba sin éxito tomarla de la mano.

Lo siguiente, a esta altura podía ser todo, se vio interrumpido por la aparición de una mujer tan joven como las demás, pero muy distinta, y muy enojada. Era rubia, con el pelo muy estirado, atrapado en una coleta ajustada por sobre la línea de las orejas. Casi gritando, les ordenó a las chicas que se retiraran a sus compartimentos. Con desgano, le obedecieron. Pude ver los ojos decepcionados de Lumi, que le dedicó una última mirada de reconocimiento a Gino, le dijo el nombre de un hotel y se fue con la cabeza gacha, casi arrastrando los pies, hasta desaparecer al final del pasillo. Gino me daba la espalda, pero no tuve que verle los ojos para saber que su desencanto era todavía mayor.

No conforme con la liberación del pasillo, la mujer rubia lo encaró a Gino y le ordenó en perfecto inglés que dejara de hablar con las chicas, como si cualquiera estuviera en condiciones de entrar por la ventana y prepotear a un porteño de ley. Gino me miró y luego, en argentino puro, le preguntó ‘¿y vos quién carajo sos?’, con toda la ayuda sentimental que fue capaz de concentrar en sus manos y en su cuerpo. La mujer rubia volvió a la carga con su sermón mientras Gino se transformaba en una incapacidad de aceptar hecha gestos. Negaba con la cabeza, se tomaba el rostro con las manos, se mordía los labios y revoleaba los ojos hacia el techo. ‘Mirá querida, vieja tengo una sola y está en Liniers, así que tomatelás, rajá, volá’, devolvió las órdenes, mientras estiraba el brazo señalando el final del corredor, o tal vez un lugar más lejano como Moldavia. Resultó imposible saber si la mujer rubia había entendido algo, pero no que se retiró gritando en alemán cosas poco bonitas”.

 

 

Publicidad

LEETE TAMBIÉN...