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Jueves de cuentos: Mi oscuro regreso al baloncesto

Reviví el relato de Germán Beder en la voz del Gallo Bluguermann.

Jueves de cuentos: Mi oscuro regreso al baloncesto - Radio Cantilo

jueves 23 Jul, 2020

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“Si lo analizamos desde un punto de vista estrictamente objetivo tal vez era previsible este descenlace que me tiene hundido en la más profunda depresión tomando vino tinto en caja con la barba de diez días, los ojos rojos y un andar lastimoso. Pero el mundo de la objetividad no va de la mano con el mundo de los sueños.

Enfrentando los peores pronósticos posibles decidí volver a jugar al baloncesto. A los 33 años y con todo para perder. Tuve sentido común: lo hice en un contexto extremadamente amateur, rodeado de jugadores de mi nivel o incluso más mediocres, con el peligro que eso podía implicar para la confusión de mi ego. ‘Te vas a lastimar’, me dijo mi madre. ‘Podés lastimar a alguien’ acotó mi padre. ‘¿No estás demasiado grande para estas ‘aventuras’ deportivas?’, me sugirió Gordo Lapro, resaltando las comillas con ese gestito tan propio de los intelectuales de alcantarilla. Giles. No lo iban a entender nunca. En los sueños aún me descubría convirtiendo un disparo ganador en el Madison Square Garden con el tablero empatado. Mis compañeros me abrazaban, los rivales me felicitaban y el público me llevaba en andas, en un pasaje medio confuso que evidentemente se había mezclado con alguna otra utopía más futbolera y tercermundista. Pero lo concreto es que nunca dejé de soñarlo. A veces imaginaba festejos posibles: parado arriba de la mesa de control tomándome ambos testículos o bien señalando mi apellido con ambos pulgares en la espalda de la casaca mientras hacía la caminata lunar de Michael Jackson en Billie Jean. ¿Cómo podía negarme a un básquet amateur?

Vestido de croto me presenté ese primer miércoles de octubre en la concha del mono, donde otras nueve personas en mi misma situación de realidad contrastada se cambiaban mientras esperaban que termine el turno anterior (un grupo mixto de ancianos y ancianas que jugaban vóley entre insultos y acusaciones permanentes). Mi deseo era simple: no lesionarme, ni pelear con nadie. No resbalar y desnucarme en el piso de baldosa o no tragarme la pared inmediatamente pegada a la línea de fondo. Pero lejos de eso brillé. Humildemente, brillé. Saqué de la galera mi limitado repertorio de fajas y pases sin mirar. Al finalizar el partido, los rivales me felicitaron. Volví a casa contento y les pasé un audio a mis amigos profesionales para contarles lo acontecido exagerando virtudes y omitiendo defectos.

A la semana siguiente, ya llevé zapatillas de básquet y convertí mi primer triple. A la siguiente agregué un pantalón del Real Madrid y la camiseta de San Lorenzo, más una pequeña -pero no por ello imperceptible- vincha blanca. Y con esa impronta de profesional me convertí en líder. ‘Pasa que él jugaba en Bahía antes, entonces marca ventajas, es normal’, decía un conocido. Y yo no decía nada, para no repetir conductas pasadas. Sólo sonreía de costado, tal vez imitando a Curry, tal vez a Di Caprio. Era el regreso soñado. La vida comenzaba a ser más justa conmigo. Era un emblema de los cabeza de ratón.

El nivel de juego, como se podrá imaginar, rozaba lo vergonzoso. Iba Juanito, con una casaca de Toronto Raptors que tal vez le hacía creer que tenía poderes especiales, porque las tiraba todas, errando también todas. Estaba Guille, el contador del pueblo, quien tardó tres miércoles en marcar su primera conversión, con la pequeña desdicha de que fue en su propio aro. Estaba mi hermano, que ya era lento y asmático cuando tenía 15 años. Estaba el Tano Orresta, el típico competidor que no sabe perder. Y estaba un chico llamado Vicente que tenía la absurda facilidad de adaptar las reglas a su conveniencia. Era todo tan penoso y distendido… Un día estuvimos quince minutos para marcar el primer doble. Quince minutos empatados cero a cero. ‘Son los aros. Están más altos’, sugerían los optimistas. ‘El tema es el piso, resbala demasiado y eso no permite la adherencia que el jugador necesita para tomar bien posicionado el correspondiente disparo. Por eso erramos tanto’, sostenía otro. Cada miércoles era un orgasmo de amateurismo. Y lo echamos a perder.

La idea de algunos alocados del grupo de whatsapp cobró forma y, sobre todo, seriedad, en un asado al que no sé por qué asistí. ‘Che, eso que planteaban el otro día en el chat de presentarnos a jugar en serio, para mí lo tenemos que evaluar verdaderamente. Somos casi diez jugadores de buen nivel. Ni siquiera promediamos 30 años. Podríamos sorprender’, expuso uno. ‘Totalmente de acuerdo. Todos nosotros alguna vez jugamos. Sabemos las reglas, nos conocemos en la cancha… Ehh hermano… ¿cuánto más podés necesitar para jugar un torneo amateur?’, acotó Tano Orresta. ‘No la caguemos chicos -intervine-, estamos bien así. Somos personas con sentido común. No podemos jugar en ningún torneo de ningún tipo. Tengamos la madurez de aceptarlo’. La respuesta en boca de Juanito materializó (a juzgar por la aprobación gesticular del resto), el aparente pensamiento colectivo: ‘Mirá, si no te gusta no juegues. Tampoco es que nos perdemos de Ginóbili, eh. Una cosa es venir vestido de jugador y otra es ser buen jugador. ¿No te gusta la idea? No participes. Esto es una democracia y hay decisión tomada’.

Sin más remedio, y con la cobardía que me caracteriza, tuve que aceptar el desafío y anotarme. El torneo era de 20 equipos, duraba cinco meses, y el primero ascendía a la A. El último quedaba desafilado por un semestre. Hicimos entrenamientos extras y reuniones semanales, para afianzar al grupo: nos convencimos de que verdaderamente se estaba gestando algo. La cuota de inscripción dolía dos lucas e invertimos otros 300 pesos para la vestimenta, que paradójicamente fue, por decisión mayoritaria, una imitación de la camiseta amarilla de Los Angeles Lakers. Aquella ambición textil traería consecuencias. Perdimos todos los partidos que jugamos. Tuvimos jornadas donde el otro equipo nos sacaban hasta 70 y 80 puntos. Y a raíz de eso, tuvimos jornadas donde no juntamos ni cinco jugadores.

Fui a todos los encuentros que disputamos, peleándome con árbitros, rivales y compañeros en el 95% de los mismos. Y errando siempre todo. Cada vez era peor. El último cotejo, el que derivó en nuestro descenso, presentamos en cancha un rejunte de impresentables que estaba compuesto por: Juanito, quien escribe, Orresta (que jugó con gorra y una suerte de antiparras) y un chico llamado Jaime que estaba como espectador y que los rivales nos dejaron habilitar por lástima. El chico, nunca mejor dicho, tenía 11 años y una barriga inexplicable para su corta edad. La única condición que puso a la invitación fue que le compráramos un Fantoche triple en el buffet del lugar, antes o después del partido. Caímos por 66 tantos de diferencia.

Concretado el papelón y la desafiliación correspondiente fui al chino más cercano, le compré el fantoche al niño gordo y me compré un vino en caja para mí. ¿Cómo había llegado a permitirme participar de semejante humillación a los 33 años? ¿Por qué seguía insistiendo con la práctica de un deporte que me había sido esquivo desde el mismo día en que lo intenté jugar? Las preguntas se sucedían una tras otra en mi cabeza mientras el Toro viejo lentamente se iba diluyendo. ¿Tan difícil era resignarme ante la falta de talento deportivo? ¿Cómo no me fui antes del equipo y del torneo como hicieron los demás al ver que el Titanic empezaba a hundirse? ‘Deme otro Toro, chinardi. Y llevo dos Titas, también’. ‘No, no tengo monedas’. ‘No, no quiero bolsa’. ¿Hasta cuándo lastimaré mi autoestima con el deporte?

Hace frío en las calles, pero voy ebrio y analítico. Ya es de noche. Un auto me hace seña de luces y frena. Tal vez sea un patrullero, que me viene a meter preso por borracho indigente. Sería lo único que me falta. Pero no: es mi amigo y contador Guille, uno de los primeros en bajarse del certamen con la excusa de tener ‘que regar las plantas’. ‘Qué bueno que te veo, Germán. ¿Vamos a jugar al Paddle? Me falta un compañero. Es acá a la vuelta’. Dudo, fumo, sudo, sufro. No quiero cometer el mismo error de nuevo, sé el desenlace, sé lo mal que me voy a poner cuando compruebe que soy un burro, sé, incluso, lo mal que lo voy a hacer quedar a mi amigo. Lo sé todo. Pero contesto: ‘¿Vos me prestas raqueta?’. Y lanzo el Toro viejo en busca de una nueva aventura deportiva”.

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