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Jueves de Cuentos: El último sábado antes de que se acabe el mundo

Reviví el relato de Ana Nemirovsky en esta nota.

Jueves de Cuentos: El último sábado antes de que se acabe el mundo - Radio Cantilo

jueves 04 Jun, 2020

“Esquivamos la puerta principal porque estábamos anotades más tarde para el horario de la fiesta. Besito mientras pásabamos por al lado de los de seguridad y listo. Cuando vi la cara que puso la receptora de mi primer saludo con beso en el cachete, supe que sería el último. Choqué codos y saludé con la mano, como buena ciudadana, habitando la paranoia pendular entre el miedo a infectarme y la culpa de creerme ya infectada y no querer contagiar a nadie.

Nos dijeron que tres horas antes, durante la ceremonia, el cura había augurado una vida feliz y que tendrían muchos hijos. ¡Qué momento para militar la reproducción! Justo cuando llega la pandemia que secretamente deseo desde que tengo consciencia, una suerte de peste negra que elimine de un saque un tercio de la gente sobre la faz de la Tierra para terminar con la sobrepoblación que nos acecha. Pero mientras en el mundo se acaban los recursos naturales, los curas, unos inconscientes, te incitan a tener pibes.

¿Si quiero o si tengo? Esta noche probablemente refiera más al alcohol en gel que a las drogas. Pero a medida que la noche avanza, retrocede el metro de distancia reglamentario y se relajan los monopolios sobre los vasos. “This is the rythm of the night” marca el ritmo de una pista de baile óptima para el contagio a la que nadie puede resistirse. En Twitter hay videos de gente jugando al bingo interbalconario en España y acá un grupo de Tinchos hace pogo. No sé quién estará más desesperade por el contacto: los europeos después de una semana de cuarentena o los Tinchos en este homoerotismo fuertemente reprimido que solo en unas pocas y gloriosas circunstancias se deja entrever por un microsegundo. Nos cuentan que si hubiésemos pasado por la puerta principal tendríamos que haber firmado una declaración jurada diciendo que no acabábamos de estar en el exterior ni en contacto con gente que lo haya hecho. También nos hubiesen tomado la fiebre.

El río está movido y llueve intermitentemente. Cuando el Río de la Plata está movido si te concentrás mirando una sola parte parece el mar. El salón está pegado al muelle de Pacheco y al río y parece que durante la ceremonia alguien pescó un super pez. Ojalá haya salido en las fotos de fondo. Cuando este test drive del apocalipsis termine me dan ganas de hacer una serie de fotos de momentos hito de la vida, dígase casamientos, velorios, graduaciones, cumpleaños, etcétera, con fotobombeos en el fondo de este tipo.

Ya pasó el tiempo de cortesía a partir del cual no es deshonroso retirarse y cuando ya estoy por decir que encaremos la vuelta, veo el acto humano que más hermoso se me aparece en un buen tiempo: dos estereotipos andantes de Tinchos, rugbiers, chetos, bros, le menean a un poste en uno de los laterales de la pista de baile. Cinco segundos en que mi mente ve en cámara lentísima un baile del caño bajo la luz cálida y azulada del reflector solo para mí. Nadie los ve. Mis ojos son los privilegiados voyeurs de un baile privado con la dinámica de un espectáculo montado por dos putas para calentar a un cliente. Dos sirenos que con cada curva de cadera le dan un estacazo a mi delicada sensibilidad al homoerotismo entre hombres y cuando hacen contacto visual entre ellos directamente me derriten. Estoy hipnotizado mirando a través de una rendija la fisura de su masculinidad. “No pueden tener más ganas de que se los cojan”, pienso. Tan pulcros, tan entrajados e inamculados. Quiero que chapen. Re morbo. ¿Por qué no chapan? Si nadie los ve, excepto yo. Que chapen, si total ya se acaba el mundo”.

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