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Jueves de cuentos: Dormir, etc

Reviví el relato de Juan Morris en la voz del Gallo Bluguermann.

Jueves de cuentos: Dormir, etc - Radio Cantilo

jueves 07 Nov, 2019

“Despertarse con un desconocido siempre es un error. Una coreografía lenta e incómoda de repliegue que un taxi a la madrugada podría haber evitado, lástima, pero ahora estás ahí, tratando de encontrar tu remera entre las sábanas y cruzando algunas palabras distractivas mientras ella, sentada al borde de la cama, todavía desnuda, lucha contra unos jeans que quedaron dados vuelta.

Cuando nos despertamos seguía nevando. Su bombacha había quedado tirada en la alfombra así que la agarré, la hice un bollito y se la pasé como tirándole una bola rápida mientras caminaba hacia el baño. Trató de sonreír pero no le salió, era de esa gente sin habilidades empáticas a la mañana, y esa falsa sonrisa hizo que su desnudez se volviera extraña, fuera de lugar.

Yo fui al baño a lavarme los dientes mientras ella empezaba a meter sus pies en sus jeans apretadísimos sentada en la cama. Traté de que esa última imagen de su desnudez se correspondiera en algo con la intensidad de la noche anterior, pero que estuviera volviendo a ser una chica vestida como cualquier otra fue una especie de alivio, algo que la alejaba de mí.

Cuando salí ella dijo que tenía que volver a desayunar con la familia y yo dije que había quedado en encontrarme con un amigo y nos dimos un beso rápido en la mejilla antes de separarnos en el lobby del hotel. Recién ahí, cuando volví a mi cuarto, abrí la ducha y me metí abajo del agua mientras el vapor convertía el baño en una nube para mí solo, la mañana empezó a soltar su antídoto.

Despertarse es un acto más íntimo que coger. Dormirse es una muerte blanda al final de cada día, unas horas de navegación por nuestro inconsciente que dejan al cuerpo flotando en una deriva estática y vulnerable; un estado de latencia en el que sólo dejamos que nos vean unas pocas personas en nuestra vida y que vamos a haber compartido con muchas menos.

Mucho más que en el amor, la convivencia o el sexo, las parejas se fundan en el sueño. Hay matrimonios que no cogen hace años, parejas que ya no se soportan, novios que hace tiempo resolvieron automatizar la relación y divertirse en otro lados, pero todo se sostiene mientras sigan durmiendo juntos, terminando y empezando los días a la vez, como una sincronización existencial.

Estaban relanzando una franquicia del Roxy, un boliche en el que tocan bandas, en el centro de Bariloche, y habían llevado algunos grupos de Buenos Aires para atraer algo del turismo de esquiadores que a la noche no tiene qué hacer, dónde gastar la plata, ninguna zona declarada de intensidad sexual.

Había viajado por el fin de semana con un fotógrafo de la revista. Esa noche tocaba Babasónicos. Cuando llegamos al boliche, el show ya había empezado y, arriba del escenario, Dárgelos componía a los personajes resbaladizos de sus canciones, tiernos y perversos, imantando la tensión hormonal del lugar hacia sí mismo. Echados en los sillones del vip estaban Pettinato, Iván Noble, Sofía Zamolo y un par de modelitos que todavía no hicieron el mérito suficiente para que sus nombres formen parte de la música del jet set. Mientras Dárgelos cantaba de forma pendenciera esa línea perfecta de fiesta de farsantes de la espuma social, invítame a pasar, me pareció un buen momento para salir del vip a dar una vuelta solo por el lugar.

En la barra, una chica morocha de rulos que acababa de pedir un pisco sour se quejaba de que a su trago le faltaba esa gotita de bitter flotando en la superficie”.

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“Nunca me atrajeron las chicas con rulos, siempre me pareció una clase de exotismo poco sutil, pero me gustó que fuera exigente con lo que había pedido, aunque fuera una exigencia mal encauzada porque esperar esas sutilezas en la barra de un boliche es esperar algo que nunca va a suceder: una punta del iceberg de sus neurosis asomando a la superficie en la barra de un bar.

Me di vuelta para mirarla mejor. Tenía una campera negra con piel en la capucha, un sweater, unos jeans fucsias que no se correspondían con el look de montaña que al resto de las chicas les gustaba conservar a la noche como una resaca de la nieve. Dejó su trago apoyado en la barra y se puso a escribir en su teléfono a una velocidad asombrosa, como tramando planes mucho mejores que estar ahí. Tenía unas pecas que resbalaban desde la nariz hacia los cachetes.

Escribía con el dedo gordo de la mano con la que sostenía el teléfono y el índice de la otra en una rara maniobra que me hizo pensar en túneles carpianos.

Le pregunté qué tan popular había que ser en WhatsApp para llegar a escribir así de rápido. No conseguí una sonrisa, pero por lo menos logré que levantara la vista de la pantallita.

Tenía unos ojos celestes tan traslúcidos que parecían de agua. Tendría 27 años y era chiquita, pero el pelo le crecía como una explosión que le restituía a su cuerpo algo de lugar en el espacio además de llamar la atención. Era de Bariloche, pero estudiaba Economía en Londres y había vuelto un mes por las vacaciones a visitar a su familia.

Yo me acababa de separar hacía un par de meses y me había pasado las últimas semanas obligándome a salir a la noche como una forma de terapia. Separarse es un proceso de desintoxicación que te empuja a hacer lo que cualquier otro tratamiento te prohibiría: tenés que salir mucho a la noche, emborracharte, acostarte con la mayor cantidad de chicas posible, marearte con la mayor cantidad de estímulos posible en una sobredosis sin culpas. Si no fuera una mierda estaría bueno. El proceso consiste en desmetabolizar la noción automatizada y familiar de un cuerpo determinado, buscar sexo sin significado que funcione como una bomba de vacío para empezar a deshacerse de la memoria muscular de tu ex, vaciarte, desacostumbrarte.

Tiene algo de exorcismo.

Así que ahí estaba, de vuelta en el mercado, cotizando qué tan deseable era como ejemplar de mi especie, al borde de los treinta, aprendiendo que a esta edad las cosas podrán ser más complejas pero son más rápidas, que la histeria es una coreografía ritual como el regateo en Medio Oriente y que terminar en la cama con una chica es una pirueta mucho menos mágica que a los veinte.

En un momento nos quedamos solos.

A veces las cosas se dan fáciles.

No sé si ahí ya estaba todo decidido, pero creo que algo empezó a pasar cuando le pregunté si los zapatos que tenía eran de Mishka y no, no eran, pero empezamos a construir una complicidad, un destino para aquella noche.

Cuando Dárgelos amagó con que el show ya se terminaba, decidimos que esa había sido una señal secreta para nosotros. Caminamos sobre la nieve un par de cuadras sin encontrar un bar abierto, así que después de darle un beso contra una vidriera le dije que en el minibar de mi habitación tenía algunas cervezas y estaba por sobrevender un poco más mi invitación pero ella aceptó antes de que hiciera falta.

Un rato después estábamos contra una de las paredes de mi cuarto, repitiendo alguna de las diez mil escenas que vimos por televisión de gente sacándose la ropa, formas de desprender los botones, bajar cierres, soltar el broche del corpiño con la mayor naturalidad posible y entonces me acordé de la pileta.

A ella también le pareció que la aventura valía la pena, así que terminamos infiltrándonos en el spa de la planta baja, que a esa hora estaba cerrado pero tenía la puerta abierta. Nos metimos con la menor ropa posible en el agua tibia, que resultó no estar tan tibia pero ya estábamos embarcados en una anécdota que requería que por lo menos nos mojáramos un poco para consumarse. Todo estaba siendo divertido, pero además de disfrutar hacerlo, disfrutaba estar haciéndolo. Una sensación muy parecida a la que tenía a los 15 años cuando ponía un casete de Metallica y, más que gustarme sus canciones, me gustaba estar escuchando Metallica, estar fabricándome ese pasado del que iba a estar orgulloso.

En algún momento nos agarró frío, así que salimos y nos metimos bajo la ducha caliente de unos de los vestuarios y ahí, contra los azulejos de la ducha, ella llegó como cuatro, cinco veces, desfasándose de la progresión temporal de lo que estaba pasando; un récord del que pensé que iba a poder presumir pero que en seguida, casi al mismo tiempo, viendo el gesto contraído de su cara en ese momento, también me resultó lejano, algo que no tenía que ver del todo conmigo –yo estaba haciendo lo mismo de siempre–, como si estuviera siendo sólo una herramienta en todo esto, un elemento más.

Mi problema con el sexo casual es que hay un momento en el que se entra en una frecuencia rítmica estable y entonces me doy cuenta de que todo eso es simplemente un movimiento, una repetición, y, a partir de ahí, empiezo a alejarme mentalmente de la escena, a verla desde cada vez más y más lejos en una especie de plano cenital sobre mí mismo y, de pronto, la sensación es que aunque estoy ahí, no tengo nada que ver con lo que está sucediendo. No puedo dejar de pensar que lo que tendría que estar pasando no está pasando: no hay comunión.

Es como una fiesta con las luces prendidas.

Una escena sin música.

Un mecanismo.

En Tiny Furniture, una película indie que Lena Dunham dirigió y protagonizó antes de hacerse conocida con Girls, hay una escena en la que sale con un compañero de trabajo y terminan cogiendo en un callejón, adentro de una cañería abandonada. Me gusta porque muestra cómo una anécdota que tiene todos los componentes para resultar fantástica, en la realidad puede ser un fiasco.

A veces es divertido; es revitalizante esa adrenalina que hace combustión cuando todo lo que le decís a una chica que acabás de conocer en la barra de un bar le resulta interesante y la charla se va cargando de electricidad y se convierte en un ritual de conquista que estás a punto de consumar: que ella quiera acostarse con vos, un simulacro de reproducción de la especie que activa un instinto poderoso en la sangre. Otras veces llegás hasta su cuarto, su cama, o un hotel, y te das cuenta que es una experiencia vacía, una desolación difícil de reconocer del todo porque crecimos escuchando que acostarse con una chica siempre está bien, es bueno, envidiable, un éxito en tu masculinidad.

En esa escena, el personaje de Dunham y su compañero de trabajo están adentro de la cañería, incómodos, en cuatro, tratando de conseguir algún tipo de placer, usándose mutuamente, hasta que ella se da cuenta de que no va a conseguir nada y se queda esperando que él termine de moverse sin saber muy bien qué hacer, cómo actuar esa espera, con qué llenar ese vacío cada vez más grande que hay entre ellos y que vuelve todo lo que está pasando algo triste, sin sentido. Y vivimos buscándole el sentido a las cosas”.

 

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