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Hernán Venturini: un luthier afortunado

Los luthiers hacen arte con dos herramientas claves: los materiales reciclables y la sensibilidad musical. Hernán Venturini le agregó más: su habilidad en el trabajo de la madera y su compromiso con el cuidado del medioambiente.

Hernán Venturini: un luthier afortunado - Radio Cantilo

martes 19 Nov, 2019

Hacen de cada instrumento una pieza única. Aguzan la mirada para encontrar aquello que sirve para reparar, para hacer, para reconstruir. De sus manos salen guitarras, flautas, violines y bajos, que ellos mismos prueban y tocan.

Los luthiers hacen arte con dos herramientas claves: los materiales reciclables y la sensibilidad musical. Hernán Venturini le agregó algo más: su habilidad en el trabajo de la madera.

Hernán es un reconocido luthier y un gran “médico” de instrumentos musicales. Con maderas de pallets o de cajones de frutas que encuentra en la calle da vida a guitarras, bajos y otros instrumentos de cuerda. Su ojo para hallar cosas útiles -que otros consideran obsoletas- comenzó a entrenarse justo cuando despertó en él la consciencia por el cuidado del medioambiente

“De alguna manera el ánimo es reciclar. En realidad nació en mí desde muy chico la preocupación por cuidar el planeta, eso me llevó a hacer lo que hago con mayor responsabilidad, y vinculado con la sustentabilidad del planeta. Era afilar el ojo para darle uso a cosas que están siendo descartadas en cantidades que son un despropósito para mantener el planeta funcionando“, lo resume, en Ciudad Despierta.

En Argentina, el trabajo del luthier creció notoriamente, muy al contrario de lo que se piensa. Los fabricantes de instrumentos, por su particularidad de dejar el legado de lo que aprenden a los que quieren aprender, contribuyeron a la formación de talleres y espacios de recitales exclusivos de luthiers. Donde los referentes y los aprendices coinciden en un único punto que basta para hermanarse: el amor por la música.

“En los últimos años hubo un auge del oficio”, cuenta Venturini. “Muchos chicos y chicas interesados en aprender se acercan a mi taller. Lo mismo me cuentan colegas que tienen sus alumnos”.

El artista está convencido de que es muy positivo este crecimiento, por la posibilidad de mejorar cierta percepción en torno al oficio que es beneficiosa en muchos sentidos: “Genera una conciencia en la gente que a la larga beneficia el mercado. La gente empieza a entender que no es lo mismo comprar un instrumento hecho de manera artesanal que uno de fábrica, y esto en el rango que quieras… en lo ecológico, en lo social y hasta en la calidad del instrumento”.

Pero, ¿es una condición sine qua non para un luthier saber sobre música? Venturini considera que no, y trae al recuerdo una de las mejores anécdotas de Stradivari, El Luthier por excelencia: “Un coronel italiano le había encargado un violín, y cuando terminó de construirlo, cuando el coronel viene a buscarlo, le pide: ‘Por favor toque algo porque yo no sé cómo suena’. No sé si habrá sido tan así, pero la anécdota quedó”, se ríe Hernán.

Antonio Stradivari fue el más prominente luthier italiano (s. XVIII), quien quedó inmortalizado con la forma latina de su apellido, Stradivarius, que refiere a sus instrumentos de cuerda y a los famosos violines creados por él o por su familia.

“Igualmente creo que se puede hacer instrumentos sin saber de música, pero la sensibilidad musical tiene que estar”, apunta. “Esto es, saber discernir la calidad del sonido, o cosas que tienen que ver con tener un gusto musical”.

No hay dudas, sin embargo, en cuanto al amor por la música que existe en la luthería.

“En mi caso, el amor por la música lo heredé de mi abuelo, me acuerdo de sacarle los vinilos y escuchar las primeras cosas que escuché, como Piazzola, y pasar de eso a un cassette de Serú Girán que manoteaba de mis viejos… En mi familia la música estuvo siempre, nadie se dedicó, pero el amor lo heredé y me tuve que hacer a mi manera”, cuenta quien también ejerce la ‘medicina’ en el mundo de los instrumentos y muchas veces se ha visto en la emergencia de reparar un violín a altas horas de la noche, con resultado satisfactorio.

Sus comienzos fueron con la incorporación de maderas recicladas en guitarras tradicionales. El paso siguiente fue, precisamente, hacer guitarras completamente de madera reciclada. En los tiempos presentes, Venturini, como muchos otros, dedican tiempo a la reparación de instrumentos, a la restauración de algunos antiguos y a la construcción de otros, en simultáneo. La gran mayoría de los luthiers llevan ese ritmo de trabajo, y cada uno mantiene una clientela fija.

“Hay un mercado para la compra de estos instrumentos, tal vez no es un gran mercado pero lo hay. En mi caso tengo cierta clientela porque hace 25 años me dedico a esto y a enseñar a fabricarlos”, detalla, y no abandona la premisa de que el crecimiento del mercado en el país es bueno por la valoración del oficio y otras tantas razones: “Pensemos que a nivel ecológico no es lo mismo tener 100 luthiers haciendo 100 guitarras por mes, que una fábrica haciendo 100 guitarras por día. A la vez, a nivel social, este oficio genera un vinculo tête-à-tête con el que te hace el instrumento, y es diferente a ir a comprarlo a un lugar o que lo traigan de otro lado… Se da un tipo de cultura que no tiene nada que ver con la consumista”, explica.

Pero el arte de la luthería refuerza otros lazos además, y uno es el propio vínculo que establece el hacedor del instrumento con el instrumento mismo. Si un músico que dista mucho de ser luthier también establece una relación con ese objeto a partir de pasar largos días de su vida con él -momentos de placer, éxitos, fracasos, y hasta frustraciones- es fácil imaginar el lazo entre el instrumento y su creador.

“Cuando largo un instrumento, y lo entrego, me quedo con la sensación es que se fue algo que quería mucho, por más que no haya existido intercambio económico. Entonces, también aparece la parte espiritual de aprender a dar, a soltar“, dice Venturini.

A Hernán no le faltaron maestros: José Mercuri fue quien le transmitió su pasión por la luthería. El mismo objetivo que tiene hoy Venturini, cada día, cuando abre su antigua casona en Parque Centenario donde funciona su taller, y donde Mercuri es referente ineludible antes sus alumnos.  “Siempre les digo hay que hablar con el abuelo, que es Mercuri”, cuenta.

En ese mismo lugar, está gran parte de los instrumentos que fabrica, que se destacan por combinar estética particular y alta calidad sonora, características que muy seguramente van incorporando sus discípulos. “Una forma de vincularnos es el trabajo. Y eso es buenísimo, porque no es alienante, es algo que te brinda posibilidades de vincularte emocionalmente. Las emociones, las pasiones, no sé si serán exclusivas del arte pero lo que sé es que son fundamentales para la vida”, remarca.

Un luthier afortunado, en pocas palabras, y lo resume: “Conozco entornos de otras actividades y conozco el mío, y hay una solidaridad y sensación de entrega aquí, que en otros entornos nunca ví. Entonces, en ese sentido, me siento afortunado”.

 

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