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Frustración, sociedad de consumo y redes sociales: ¿van de la mano?

Nos encontramos sumergidos en un mundo repleto de alternativas que aseguran el éxito y la felicidad de forma inmediata, pero ¿qué sucede cuando no se logran esos objetivos?

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Frustración, sociedad de consumo y redes sociales: ¿van de la mano? - Radio Cantilo

jueves 12 Mar, 2020

(Tiempo de lectura: 3 minutos)

 

¿Alguna vez te preguntaste qué es lo que nos lleva a sentir frustración? ¿Dónde radica el origen de este sentimiento? ¿La sociedad y el entorno nos hacen sentir más infelices de lo que deberíamos?

La respuesta a estas preguntas parece ser la base de todos los artículos que hoy encontramos a disposición en internet, ya que con tan solo tipear las letras que conforman esta palabra, Google nos ofrece más de 15 millones de resultados posibles, principalmente enfocados a darnos tips para superarla, consejos para no sentirla y definiciones que pueden hacernos entender cómo es que llegamos a atravesarla.

Recordando la clásica frase de Sumo, vociferada por Luca Prodan casi como el himno de toda una generación que comenzaba a vislumbrar de qué se trataba el “nuevo milenio”, “No sé lo que quiero ¡pero lo quiero ya!” deja entrever mucho más de lo que creíamos. No solo por la actualidad que tiene en una sociedad que se dedica a bombardearnos con diferentes tipos de mercancías para hacernos creer que la felicidad radica en el consumo, sino también porque –al fin y al cabo- esa incertidumbre es la que nos lleva a deambular por un océano de confusión del que a veces cuesta demasiado salir.

La frustración, según la definición que da la psicología es “una respuesta emocional común a la oposición, relacionada con la ira y la decepción, que surge de la percepción de resistencia al cumplimiento de la voluntad individual. Cuanto mayor sea la obstrucción y la voluntad habrá mayor probabilidad de frustración”. Aunque, lo que esto no nos dice, es que esa “voluntad individual” muchas veces está determinada o inducida por todo lo que nos rodea y que, justamente, se encuentra atravesada por la lógica del capitalismo.

Conseguir un trabajo “adecuado”, donde ganemos el dinero que deseamos y seamos felices haciéndolo o encontrar al “amor de la vida”, con quien podamos compartir nuestro tiempo, son algunos de los preceptos con los cuales fuimos creciendo a lo largo de los años, hasta convertirse –sin que nos demos cuenta- en algo que nos limita y determina como individuos. Según nos dijeron, alcanzar estos objetivos era sinónimo de felicidad y, de no lograrlo, es donde aparece la frustración.

La “voluntad individual” muchas veces está determinada o inducida por todo lo que nos rodea
 

Aunque los tiempos han cambiado de forma radical, estas problemáticas aun hoy persisten de algún modo. Nadie puede negar que la vida profesional sea algo esencial para cada uno de nosotros, para lograr la realización personal y estar bien con uno mismo. Lo mismo sucede con el amor, ¿acaso alguien puede decir que no espera encontrar a esa persona que nos hace querer ser mucho más que compañeros?

Pero ¿qué pasa cuando tópicos como estos se transforman en los pilares básicos que sostienen un gran entramado de mercancías dispuestas para la felicidad de las personas?

 

Consumismo y sus consecuencias

 

“El consumismo tiene una fuerte raíz en la publicidad masiva y en la oferta bombardeante que nos crea falsas necesidades. Objetos cada vez más refinados que invitan a la pendiente del deseo impulsivo de comprar. El hombre que ha entrado por esa vía se va volviendo cada vez más débil”, decía Enrique Rojas en su libro “El Hombre Light”.

En la actualidad sobran plataformas y redes que nos prometen obtener el trabajo perfecto (LinkedIn), encontrar pareja (Tinder, Grindr, Happn), enterarnos de las últimas novedades sociales, deportivas y culturales (Instagram, Twitter, Facebook), difundir música (Spotify, Bandcamp) o hasta mostrarnos al resto como personas divertidas y originales en pocos segundos (Tik Tok).

Mientras haya aplicaciones para satisfacer los gustos de todos, habrá tantos posibles consumidores que –de no alcanzar sus objetivos- se sentirán frustrados.

Todo puede escogerse a placer; comprar, gastar y poseer que se vive como una nueva experiencia de libertad. El ideal de consumo de la sociedad capitalista no tiene otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de objetos por otros cada vez mejores. Un ejemplo que me parece revelador es el de la persona que recorre el supermercado, llenando su carrito hasta arriba, tentada por todos los estímulos y sugerencias comerciales, incapaz de decir que no”, agrega Rojas.

Esta gran variedad de ofertas es lo que nos hace –por momentos- sentirnos perdidos, sin saber exactamente hacia dónde ir ni qué es lo que debemos lograr. Lo que se traduce en ese sentimiento de tristeza, decepción y desilusión que esta imposibilidad provoca

En su libro “Modernidad líquida”, Zygmunt Bauman retoma un concepto de Paul Valéry que sirve para ilustrar la situación actual que atravesamos:

“La interrupción, la incoherencia, la sorpresa son las condiciones habituales de nuestra vida. Se han convertido incluso en necesidades reales para muchas personas, cuyas mentes sólo se alimentan (…) de cambios súbitos y de estímulos permanentemente renovados (…). Ya no toleramos nada que dure. Ya no sabemos cómo hacer para lograr que el aburrimiento dé fruto. Entonces, todo el tema se reduce a esta pregunta: ¿la mente humana puede dominar lo que la mente humana ha creado?”.

A su vez el Bauman reflexiona que “el mundo está lleno de posibilidades como una mesa de buffet repleta de platos apetitosos, cuya cantidad excede la capacidad de degustación del más eximio glotón. Los invitados son consumidores, y el desafío más exigente e irritante que deben enfrentar es la necesidad de establecer prioridades: la necesidad de desechar algunas opciones y dejarlas inexploradas. La desdicha de los consumidores deriva del exceso, no de la escasez de opciones. “¿He usado mis medios de la manera más provechosa para mí?” es la pregunta más acuciante y angustiosa que el  consumidor se plantea”.

El desafío más exigente e irritante que (las personas) deben enfrentar es la necesidad de establecer prioridades
 

La alta exposición y la diversidad de opciones que tenemos son, al fin y al cabo, el mayor obstáculo al que debemos enfrentarnos. De la comparación deviene la angustia (“¿por qué yo no puedo lograr eso?”), de la enorme cantidad de opciones surge la duda (“¿vale la pena esperar si hay tantos otros?”), y de la dinámica del mercado nace la inseguridad (“¿me van a despedir?”).

Por lo tanto, esa potencial felicidad como objetivo final que las redes sociales prometen brindarnos en su contrato previo, no hacen más que llevar al individuo por un camino con más obstáculos que atajos, haciéndolo caer más veces de lo que realmente lo ayuda.

“El punto es convertir el lujo de hoy en la necesidad de mañana, y reducir al mínimo la distancia entre ‘hoy’ y ‘mañana’ –‘lo quiero ya’-. Como no hay normas para convertir algunos deseos en necesidades y quitar legitimidad a otros deseos, convirtiéndolos en ‘falsas necesidades’, no hay referencias para medir el estándar de ‘conformidad’ (…) ‘instantaneidad’ significa una satisfacción inmediata, ‘en el acto’, pero también significa el agotamiento y la desaparición inmediata del interés”, plantea Bauman.

Y añade: “Si los vínculos humanos, como el resto de los objetos de consumo, no necesitan ser construidos con esfuerzos prolongados y sacrificios ocasionales, sino que son algo cuya satisfacción inmediata, instantánea, uno espera en el momento de la compra. Entonces no tiene sentido ‘tirar margaritas a los chanchos’ intentando salvar esa relación con más y más desgaste de energías cada vez, y menos aun sufrir las inquietudes e incomodidades que esto implica”.

 

¿Fracasar para madurar?

 

El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores”, decía Milán Kundera en su libro “La insoportable levedad del ser”.

Estamos en el aquí y ahora, por lo que nuestra capacidad de hacerle frente a todo aquello que nos pueda frustrar no es más que un desafío permanente que nos exige la vida en sociedad.

Según Rojas, “el fracaso es necesario para la maduración de la personalidad. La vida humana está tejida de aciertos y errores, de cosas que han salido como se habían proyectado, y de otras que no han llegado a buen puerto. La existencia consiste en un juego de aprendizajes. Por lo general, se aprende más con los fracasos que con los éxitos o, por lo menos, tan importantes son los unos como los otros”.

Esa frustración que deviene en el agotamiento instantáneo que provoca el no poder alcanzar los objetivos planteados en un mundo que demanda inmediatez para lograrlos como estilo de vida primordial, será entonces lo que nos fortalecerá ante el entorno para evitar seguir cayendo en la decepción.

Aunque, es necesario rescatar otro de los conceptos que plantea el autor de “El Hombre Light”, según el cual “la patria del hombre son sus ilusiones. La vida es siempre anticipación y porvenir. Somos proyectos. El hombre es, sobre todo, futuro. Ahí se engarzan los pequeños objetivos, las metas y tantos afanes como jalonan su recorrido”.

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