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Javier Milei: “No concibo la vida sin pasión”

Pasó por el aire de Ciudad Despierta Javier Milei, el economista que también se apasionó con el fútbol, la música, y varias cosas más. No te pierdas la entrevista.

Javier Milei: “No concibo la vida sin pasión” - Radio Cantilo

miércoles 05 Jun, 2019

La manera de pararse frente a todo y a todos, lo define. La mirada penetrante, la verborragia y la pasión, hacen el resto. Javier Milei es economista, pero definirlo únicamente como tal no hace justicia. Porque lo es por decisión propia, porque se fascinó por la economía, del mismo modo que se fascinó con el fútbol, o se fascinó con la ópera. “No concibo la vida sin pasión”, dice, y tal vez eso explique por qué llegó a convertirse en una figura muchas veces amada, otras veces denostada y atacada.

Milei se instaló en los medios por sus indudables conocimientos en materia económica, pero también por su desparpajo y carácter, y su respuesta a todo en sus propios términos: él sólo elige lo que le apasiona y divierte, en la medida -claro- en que el tiempo se lo permite.

Esos minutos que se sienta para charlar relajadamente en Ciudad Despierta son posteriores a una conferencia que ofreció en la provincia de Santa Fe. Una entrevista, un panel, su carrera política, una visita al canal, y hasta una obra de teatro: Milei no para.

“Si alguien vio como son las óperas de Puccini, los personajes masculinos son tremendamente apasionados. Como Rodolfo de La Bohème, ¡que en un momento llega a quemar sus obras! O como Calaf en Turandot, por ejemplo, todos personajes de estas características… Conmigo pasó como con La Rosa Púrpura del Cairo, o Madame Butterfly, pero nada más que saliendo de una ópera de Puccini”, grafica.

Dedicó prácticamente toda su vida a defender el liberalismo económico. Advirtió que tenía que hacerlo una tarde del año 1989, cuando acompañaba a su mamá al mercado a hacer las compras y veía a las empleadas remarcando los precios y la gente que se arrojaba arriba de la mercadería. Por entonces estaba en primer año de la Facultad y jugaba fútbol en el plantel profesional de Chacarita, y le demandaba varias horas del día. “Entonces me dije… ‘o soy un pelotudo o lo que estoy estudiando está mal’. Dejé el fútbol, y me dediqué a estudiar. A los 20 años escribí mi primer escrito sobre La hiperinflación y la distorsión en los mercados.”

“No es que sentí responsabilidad. Me apasioné. Mi pasión se redireccionó, del fútbol a la solución de dignidad. Si no, tenía que aceptar que era un salame”, dice con total honestidad.

Pero hubo otro quiebre en su vida, y se dio cuando comenzó a acceder a libros referidos a la Teoría del Crecimiento. Le hacía ruido una frase de Robert Lucas, economista estadounidense (Premio en Ciencias Económicas 1995) que decía: “Cuando uno empieza a estudiar estas cuestiones, es estremecedor, porque una vez que uno empieza a pensar en eso no puede pensar en otra cosa más”.

“Como borrego inmundo asqueroso que era, lo primero que pensé fue ‘Otro profesor que me quiere hacer creer que su materia es la más importante!’… Y eso hoy de grande me parece perfecto. Además después me dediqué a Crecimiento y realmente te pasa: cuando empezás a pensar en ese tipo de problemas, no podés dejar de pensar”. Hoy, además de su trayectoria lleva años de docencia, y pone la misma efervescencia para criticar a profesores de la UBA que dan a estudiar El Capital, que para hablar de música y de su pasado stone.

 

La música y Milei

“Era el cantante de Everest, una banda stone, hacíamos covers de los Rolling Stones y también temas propios”, y cuenta divertido: “Hay fotos dando vueltas en Internet de cuando cantaba, hay una en mi Instagram, previo a que arranque un recital. No sé quién la encontró”.

Pero su pasión por la música tiene un recorrido que merece un capítulo aparte. Coleccionista de la obra completa de Los Beatles, AC/DC, Led Zeppelin, Deep Purple, Queen, y, por supuesto, los Stones, un día viró hacia Elvis y llegó a tener “entre piratas y originales” más de 150 placas del Rey del rock, y casi uno de sus icónicos trajes, que un día ingresó en el Elvis Shop en Nueva York y Milei justo estaba ahí. “No sabés cómo estaba… veía el traje ese y estaba loco…”, cuenta emocionado.

En etapas más tempranas de su vida, Javier amaba la música clásica, sobre todo Mozart, y Beethoven, pero años más tarde se descubriría fanático del canto y de la ópera. Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi y Puccini, en orden cronológico. No sólo colecciona la música de estos nombres enormes de la ópera, sino que además se compra los libros, y los estudia ante de escucharla. “Leo hasta los contextos en los cuales fueron escritas. Con Verdi me volví loco, con Nabucco hace un paralelo entre la ocupación de los austro-húngaros a Italia con la ocupación del pueblo hebreo a manos de los asirios. Y estudio hasta los directores, para mí no hay mejor versión de Nabucco que la dirigida por Riccardo Muti. A mí me encanta cómo dirige James Levine, el director en el Metropolitan de Nueva York, pero para dirigir Nabucco nada mejor que Muti”, destaca, y la energía que pone en contar su pasión casi se puede tocar.

 

 

La controversia que vivió el día que vio el traje de Elvis lo perseguiría, incluso, hasta el Metropolitan, cuando quiso conocer la tienda de ópera, y se encontró con un tesoro: “No sabés, había un cuadro en el que Muti le había regalado la batuta a Franco Zefirelli -el que hizo la película Jesús de Nazaret; hacía la huestas y le regala la batuta, ¡y estaba a la venta! Gracias a Dios alguien me rescató y no la compré. Yo veía eso y se me hacía agua la boca, y por suerte no terminé en el acto demencial de comprar la batuta“, cuenta fascinado.

Peor final tuvo, sin embargo, su incursión a la casa de Mozart, una fría tarde de Austria a donde viajó por trabajo, que quedó marcada en la cabeza de Milei… en el amplio sentido.

“¿Viste el portón que se muestra en la película Amadeus? Bueno, ahí es donde arranca, y vas por  todos los cuartos de Mozart. Empiezo a subir y en el último piso, empieza a sonar la música de La Flauta Mágica, el área de la Malvada, que es tremenda, con el formato típicamente Mozart. Se prenden unas luces y de repente veo partituras en el aire, ¡de puño y letra de Mozart! Cuando yo vi eso, empecé a gritar: ‘Mozart! Mozart! Mozart!’ y me fui contra las partituras para tocarlas, y me dí un tremendo golpe contra una pared de vidrio… No sabés cómo me quedo la cara. (risas)”.

Y no le alcanza y tararea Javier el “área” de la Malvada, y sigue: Pensé que se habían caído del cielo, las quería agarrar… ¿Te imaginás poner la mano encima a una partitura de Mozart? Pero más boludo no puedo ser.  ¿Cómo van a estar flotando las partituras?”

 

Anécdotas de viajes que son muchas, y Javier las cuenta con la misma fascinación que baja la teoría del Crecimiento, una y mil veces para el público que toque. Era habitual que Milei viajara a Europa a las cumbres del G-20, pese a que por decisión propia un día decidió administrar la frecuencia de esos viajes, para… no dejar tanto tiempo solo a Conan, su mastín inglés.

 

“Conan es mi hijo, es el ser más maravilloso que existe sobre la Tierra -declara-, y me hizo abuelo, con lo cual ahora convivo con cinco mastines, ya mis nietos tienen un año. Tuve que tirar abajo una pared y juntar living con comedor, y es todo para ellos; yo me quedo en el resto de la casa”.

El vínculo con Conan es “superlativo”, tal como él lo define, y quien conoce a Milei sabe que no puede hablar de uno sin el otro… ahora, sin “los otros”, desde la llegada de los cachorros. Él asegura que daría su vida por su perro, y no es desmesurado lo que dice. Amo y can vivieron una situación límite que puso a prueba ese vínculo: “Hace varios años me quedé sin trabajo, y a luz de la teoría económica, podía quedarme sin trabajo durante dos años. Tomé la indemnización y, por mi forma de ser no convencional, sabía que podía durarme cuatro años, asumiendo que no me ingresaba un mango. En ese contexto, no estaba dispuesto a degradar la comida de Conan ni su vida recreativa, y para mantener su alimento y sus paseos, lo único que podía comer -y llegar así a los cuatro años- era una pizza cada día. Llegué a pesar 120 kilos”.

Afortunadamente la situación es otra, y Milei no debió pasar esos cuatro años alimentado a pizza, y Conan, en clara muestra de gratitud, le dejó descendencia: ellos son Murray, Milton, Robert y Lucas, todos nombres de economistas. “Y Conan con los chicos está hecho un pibe… los monstruos corriendo por el medio del departamento, y a la noche escuchás boom boom… a veces te asustás un poco, pero son fabulosos”.

Y lo dice con total normalidad, y con la misma fascinación que parece quedar impregnada en cada cosa que dice, cada elección y cada tema que verbaliza. Porque eso es Milei: un economista, y un personaje escapado de la obra de Puccini.

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