Entrevistas

El Circo detrás del telón

Ludmila Argüello es la Leoparda que en sólo dos movimientos puede doblar su cuerpo como nadie, al final de cada función. Es hija de una familia de circenses, que no conocen otra forma de vida fuera de la carpa y la casa rodante.

El Circo detrás del telón - Radio Cantilo

miércoles 31 Jul, 2019

Cuando un circo arriba a una ciudad, hay magia, hay color y alegría. Se montan las clásicas carpas de circo y el terreno más solitario se llena de vida. Alrededor de esas carpas, están las casas rodantes donde viven las familias del circo, los artistas que eligieron, un día, contrariar a la rutina y tener una vida trashumante.

En Argentina un centenar de circos pasan casi todo el año de gira, como el Sathany, que esconde la historia de una familia que recorrió miles de kilómetros en su casilla rodante, y sumará miles de kilómetros más. Adrián Argüello era un niño cuando, en contra de la decisión de sus padres, fue atraído por la mística del circo y nunca más salió de ese lugar.

Casado con una trapecista, tuvieron tres hijas a las que les dieron temprano la posibilidad de elegir: “Este es nuestro sueño, no tiene que ser el de ustedes”. Ludmila, la hija del medio, ya jugaba al circo.

“Era muy común jugar al circo, y yo era la única nena entre todos los nenes, entonces hacía de contorsionista. Y en mi fantasía, creía que estaba montando un acto igual de espectacular que el real”, cuenta la ahora joven de 25 años.

Tenía tres años cuando miraba a sus padres prepararse para la función, fascinada. Amaba estar detrás de escena y correr alrededor del circo para ver los actos de mamá trapecista y papá acróbata. Con sus cortos años persistió tanto en su deseo que finalmente la dejaron hacer de Pinocho en un número. “La gente siempre debe haber creído que era un enano”, se ríe Ludmila.

“Desde ahí en adelante toda mi vida quise estar ahí, en el escenario; quería hacer todo lo que los demás hacían, me colgaba del trapecio, a todos les preguntaba cómo lo hacían y los más grandes me iban diciendo en la medida que podía. Fueron enseñándome trucos de contorsionismo. Sin darme cuenta, en mis 9 años ya tenía mi número hecho”.

Hoy Ludmila es la Leoparda que en sólo dos movimientos puede doblar su cuerpo como nadie, al final de cada función.

“El contorsionismo -explica- es el arte de doblar al máximo el cuerpo sin dislocar ni provocar ninguna lesión, es sólo la flexibilidad del cuerpo y no más que eso. Aunque no lo parezca, es un número de alto riesgo; todos lo son, es algo propio del circo. Si no hacés correctamente el precalentamiento podés quedar cuadripléjico. Por eso mis padres nunca nos dejaron hacer actos de altura, y nos inculcaron que el entrenamiento hay que tomarlo con mucha responsabilidad, al igual que la cantidad de horas que uno emplea para armar un acto, la especialización y el mantenimiento de ese acto”.

No fue la única enseñanza de sus padres. Perseguir libremente sus sueños y no perder un solo día de escolaridad, fueron claves en la formación de las hijas Argüello. Por eso Ludmila se enorgullece al decir que conoció las escuelas de todas las provincias argentinas, excepto las de Tierra del Fuego, en donde montaron el circo ya finalizado el ciclo lectivo. “Tenemos un país precioso, en cultura, en paisajes; tenemos gente exquisita viviendo en muchos rincones del país. No nos damos cuenta de esto, pero tenemos que verlo. Tuve el placer de conocer el sistema escolar de cada lugar, que es muy diferente de acuerdo a la provincia en que estés; naturalmente, la historia no se dicta igual en todas las provincias”, reflexiona.

Ese viajar permanente, ese ritmo de vida, fueron las cosas que enamoraron a Ludmila. Y, por supuesto, toda la magia que confluye dentro de la carpa.

“Es fascinante la posibilidad de recorrer tantos lugares, conocer tantas personas, vivir inevitablemente más situaciones que las personas que tienen su rutina. El ritmo de vida que llevamos es causa de esto. Solemos decir que vivimos más que las personas estables”, asegura sin vanidad.

Cierta estabilidad, necesaria, debió tener Ludmila cuando optó por estudiar y recibirse en la UADE de Licenciada en Publicidad. Fueron tres años difíciles en los que se recuerda estudiando durante la semana, para tomarse un vuelo a Córdoba cada viernes y llegar presta para la función de la noche, pasar el fin de semana dentro del circo y volver a volar para reincorporarse a su rutina cada lunes.

 

 

Era una locura. La vida estable no iba conmigo. Caminar siempre por la misma calle, ir siempre a los mismos lugares… todo esto me resultó imposible. Tenía que tener en mi vida el circo, es mi vida y no lo puedo cambiar por nada en el mundo, me podés dar todas las opciones y mi corazón y mi alma están acá”, sentencia.

La locura no terminaba allí porque raudamente Ludmila fue tentada para trabajar en un show estable del Cirque Du Soleil en México, en un tour de Vallarta Adventures. Durante otros tres años hizo contorsionismo en un anfiteatro alumbrado con velas, como parte de un número prehispánico, en donde conoció a su actual pareja. Finalizado el contrato, Ludmila tuvo claro hacia dónde iría su corazón: “Extraño el aserrín, el armar y desarmar, el viajar, necesito estar moviéndome constantemente, necesito el circo“, les dijo a sus contratistas… y a su marido.

Hoy ambos son parte del Circo Sathany, como padre, madre y hermanas de la familia Argüello. Una familia de aristas que sabe que la cultura del circo es pasión, y que su vida y futuro van montados en la casilla rodante que los lleva por toda la Argentina. De ciudad en ciudad, y vibrando al ritmo de las funciones, los aplausos y los ritmos circenses.

 

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