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La última caricia de Toy Story

Se estrenó la cuarta parte de las aventuras de Woody y Buzz y todo es nostalgia.

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La última caricia de Toy Story - Radio Cantilo

viernes 21 Jun, 2019

¿Necesitábamos una cuarta entrega de Toy Story? Probablemente no. ¿Valió la pena tenerla? Sí, sin lugar a dudas. Luego de haber dejado nuestra infancia atrás a la par de Andy, cuando él regaló cada uno de sus juguetes, parecía que ya no había nada más para contar sobre la mítica historia de Pixar. Sin embargo, decidieron darnos una última dosis de juegos en forma de epílogo. Un epílogo que nadie había pedido pero por el que estaremos siempre agradecidos.

Desde el inicio de la saga, Woody tuvo siempre muy claro cuál era su destino, su misión: ser el juguete que acompañara a Andy en los momentos más importantes de su vida. Ser el que lo consolara en los difíciles primeros días de escuela, el que durmiera con él para cuidar su sueño, el que estuviera siempre listo para interpretar cualquier rol que el niño quisiera asignarle. Ser, en definitiva, el mejor y más fiel amigo.

Pero su etapa al lado del ya adulto Andy llegó a su fin cuando, tras largos años de amistad incondicional, su niño decidió regalarlo para que hiciera feliz a alguien más. Y Woody, por supuesto, no iba a fallarle. Ni a él ni a la convicción que siempre lo guió como juguete.

La cuarta película de Toy Story es, en resumen, eso: un recordatorio de quién es Woody, de cuáles son las cosas que lo conmueven. También es un gran paso a la adultez de un juguete que, aunque lo intentó, nunca pudo olvidar sus buenos años al lado de Andy.

El crecimiento de nuestro vaquero fue desarrollándose de manera tan paulatina que casi no nos dimos cuenta. Pasó de ser un ególatra mimado por su niño a un compañero que velaba por la seguridad de los demás juguetes, aunque eso le costara su propia integridad y su comodidad. Y aunque eso significara, también, que ya no sería el favorito de su dueño. Pasó de ser un niño a convertirse en un adulto, en un líder confiable y en el más solidario de los suyos.

Su vida con Bonnie no fue en ningún momento la misma que tuvo en sus días dorados junto a Andy. A veces ni siquiera era elegido para jugar con el resto. Sin embargo, alejado del ego que alguna vez lo había distanciado de sus amigos, Woody decidió priorizar la felicidad de la niña que lo acogió y hacer todo lo que estuviera a su alcance para que ella tuviera siempre a su lado a quien se había convertido en su juguete favorito: un tenedor plástico llamado Forky. La aventura de la cuarta entrega gira, principalmente, en torno a eso: a mantenerse unidos y cerca de Bonnie. Una fórmula que ya habíamos visto en las tres películas anteriores, pero que no falla.

Aunque lo importante, la clave de la historia, no está allí sino en que en la sala de cine todos los que conocemos a Woody desde nuestra infancia hoy somos, también, adultos que buscamos hacer nuestros propios caminos. Acompañados por amigos, por amores y por la necesidad de seguir siempre a nuestra voz interior. Somos, en definitiva, un par de vaqueros que crecimos.

Quizás ahí radique la fuerza de Toy Story y la clave de su éxito: en su nostalgia y en el reflejo que representa para la gran mayoría de sus espectadores. Aceptar que Andy dejaría a sus juguetes era aceptar que nosotros también habíamos dejado de ser niños. Aceptar y entender hoy las decisiones de Woody es, como en su caso, un paso más hacia la adultez.

Ninguno de nosotros había pedido una cuarta película de Toy Story, como sí había sucedido con la tercera. Pero creo que no sabíamos cuánto la necesitábamos hasta hoy. Esta suerte de epílogo es una despedida que, como tal, está cargada de felicidad, de tristeza y también de incertidumbre. Pero que también trae consigo la convicción de que, a donde sea que vayamos, siempre habrá un amigo fiel velando por nosotros.

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