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Nos tocó despedirnos del último gran fenómeno televisivo. En esta nota, una suerte de análisis del desenlace de los ganadores y perdedores de esta historia. Sí, tiene spoilers.

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GOTbye - Radio Cantilo

lunes 20 May, 2019

El 17 de abril de 2011 desembarcó en la pantalla de HBO una serie que marcó una nueva manera de hacer televisión: Game of Thrones. Después de ella, no quedan dudas, nada será igual. Pasaron ocho temporadas, 73 capítulos y un centenar de tramas para que el 19 de mayo de este año le pusiéramos punto final a una producción que ya se aseguró un lugar en la historia grande de la TV. Probablemente el último bastión de la era dorada de las series le dijo adiós a sus millones de fanáticos alrededor del mundo con un episodio que presenta una clara ambigüedad: si lo enmarcamos en el contexto de la octava entrega, fue correcto, cumplidor; si lo comparamos con la producción en su totalidad, estuvo flojo de papeles.

La última temporada de Game of Thrones regresó tras dos años de larga espera. En 2018, por primera vez, la serie tuvo un parate y volvimos a reencontrarnos con ella recién en abril de este 2019. Las expectativas, por supuesto, eran altísimas. Con el ejército de los muertos avanzando hacia Winterfell tras haber derrumbado el muro gracias a la ayuda del caído Viseryon, con Cersei dispuesta a todo con tal de conservar el trono y con una Daenerys armada como nunca, prometía lo mismo de siempre pero elevado a la décima potencia: fuego y sangre, mucha sangre. Podemos discutir algunos desenlaces apresurados, otros inverosímiles y algunas escenas que estuvieron de más, pero no es mi intención atacar a una serie que excedió la pantalla y que se transformó en un fenómeno cultural. Sí me parece importante resaltar que era imposible que lograra a satisfacer a todos los televidentes.

Game of Thrones a lo largo de sus ocho años en el aire tuvo muchos altibajos. Sin embargo creo que el único que no puedo perdonar es el que se cargó consigo a Daenerys. Nuestra Khaleesi fue la gran protagonista de esta historia, la que unió continentes, la que deseaba el trono como nadie y la que tenía su objetivo más claro. Que llegaría a la locura era un desenlace, digamos, previsible: más de una vez se habló de cómo había repercutido en el clan Targaryen el hecho de que solo se emparejaran entre ellos y cómo eso los había llevado, de a poco, al desquicie. Su padre, sin ir más lejos, fue víctima de eso. Por lo que verla incendiar King’s Landing sin motivo aparente no me pareció tan descabellado. Pero verla perder el juicio, y finalmente la vida, por amor me parece bajo y primitivo. ¿Cómo Daenerys de la tormenta, la que no arde, Reina de los ándalos y de los primeros hombres, Khaleesi de los Dothraki, madre de dragones, rompedora de cadenas iba a enloquecer porque un hombre no correspondía a su amor?

En la última temporada vimos a una Daenerys totalmente desdibujada y perdida. Priorizando batallas que no le pertenecían, perdiendo gran parte de su ejército en una lucha que casi le costó la vida y que ya le había arrebatado a uno de sus dragones, tomando decisiones poco estratégicas con tal de mantenerse cerca de Jon Snow. No, señor. Esa chica no era Dany. Dany era la que quemaba vivos a los que no se arrodillaban ante ella, la que arrasaba a sus enemigos montada en su fiel compañero Drogon, la que encerraba a los esclavistas y la que crucificaba a los que la contradecían. Dany era la que eligió hacerle honor al lema de su casa, fire and blood, y hacer desaparecer lo que conocíamos de King’s Landing. Dany era la que hizo flamear el estandarte de los Targaryen en las ruinas. Después de haberla visto atravesar continentes, liberar pueblos, ganar guerras con una facilidad nunca vista en la serie y llegar a Dragonstone para recuperar aquello que los Baratheon y los Lannister le habían quitado, no nos regalaron ni siquiera un segundo de ella sentada en el trono. Ni olvido ni perdón.

Lo que sí nos regalaron de su mano fueron los dos momentos más emotivos del episodio final, que contaron con la actuación estelar de Drogon, el único dragón que quedó vivo. Verlos gloriosos tras haber arrasado la ciudad, con las alas expandidas mientras ella avanzaba para hablarle a su leal ejército fue, sin dudas, una escena que quedará guardada para siempre en la memoria de los fans. La otra incluyó lágrimas. Porque escucharlo llorar mientras intentaba encontrar algún signo de vida en el cuerpo tirado de su madre luego de que Jon Snow la apuñalara y verlo, luego, derretir el trono de hierro que había sido la perdición de Daenerys fue el final que merecía nuestra bestia favorita. Aunque pareció apresurada, lo más destacado de la muerte de Daenerys fue que se reafirmó la condición que había marcado su existencia, su destino, y que había titubeado con la verdad develada de la identidad de Jon: ella era la única Targaryen auténtica que quedaba en el mundo. Muerta ella, desaparecida la casa más legendaria de los Siete Reinos.

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Los grandes ganadores del juego

La Casa Stark fue, durante seis temporadas, la que más sufrió. Todo comenzó con el viaje a King’s Landing durante la primera entrega que desencadenó en la muerte de Ned Stark, el hombre más noble y justo de los Siete Reinos. A partir de eso, todo fue desgracia para los del norte. Vimos morir trágicamente al que parecía ser el gran heredero de su padre, el lobo joven, el autoproclamado Rey del Norte: nuestro adorado Robb. Sufrimos en primerísimo primer plano la aniquilación de Catelyn. Gritamos cuando Rickon comenzó a correr para escapar de las garras de Ramsey y terminó muriendo por no lograr esquivar los flechazos cuando le faltaban metros para refugiarse en los brazos de Jon Snow. Tuvimos que soportar que Winterfell se convirtiera en el reino de los Bolton. Hasta nos tocó odiar a Theon Grejoy luego de que traicionara a los que lo habían criado.

Pero todo terminó bien para la familia más querida de Westeros. “Cuando la nieve caiga y soplen vientos blancos, el lobo solitario muere pero la manada sobrevive”, solía decirles Ned a sus hijos. Fueron muchos los años en los que el destino encontró a Sansa, Arya, Jon y Bran separados. Pero cuando el invierno finalmente llegó a Winterfell, los cuatro habían vuelto a casa convertidos en otras personas, con el objetivo de cuidar a su gente.

Sansa pasó de ser una adolescente encaprichada con un rey perverso como Joffrey Baratheon a transformarse en la Reina del Norte y en la que convirtió a Winterfell en un reino libre e independiente. Por supuesto, nada de ese avance fue gratuito para la mayor de las mujeres Stark. Fue prácticamente una rehén de los Lannister tras haber sido obligada a ver cómo le cortaban la cabeza a su padre, la casaron por la fuerza con Tyrion, fue usada por Petyr Baelish y entregada a Ramsey Bolton, su verdugo y violador. Pero Sansa fue mucho más que una víctima. Fue la gran salvadora en la Batalla de los Bastardos, que le permitió a su familia recuperar el norte,  la que se hizo cargo de gobernar mientras Jon Snow se embarcó en la travesía de derrotar a los caminantes blancos, la que decidió no confiar en Daenerys y la que, como punto cúlmine de su evolución como personaje, se plantó frente un puñado de hombres que querían decidir los destinos de todos en Westeros y les dijo que su pueblo ya había sufrido demasiado , que Winterfell se independizaría de los Siete Reinos. Perfecto y anhelado cierre para la que más creció en la serie, la que se erigió en una gobernante nata, en una guardiana de su gente y en la perfecta heredera de Ned.

Arya, en cambio, tuvo un final que despertó más discusiones. Porque se fue a navegar libre, sí, pero no la dejaron completar su misión: vengar a su padre. El hecho de que la convirtieran en la heroína que mató al Rey de la Noche tuvo su efecto colateral apenas dos capítulos después, cuando la privaron de aniquilar a Cersei, la primera de la lista de la gente que se propuso asesinar. Pero no solo eso, sino que no cumplió la profecía de Melissandre, que había anticipado que cerraría unos ojos marrones (Walder Frey), unos azules (el Rey de la Noche) y unos verdes, que podrían haber sido los de Cersei o bien los de Daenerys. A último momento, invadida por el miedo (sí, Arya tuvo miedo. Impensado) tomó la decisión de alejarse del caos que era King’s Landing para sobrevivir y tener una vida diferente. No suena como algo que haría ella, ¿no? Igual, Arya, te banco hasta el fin del mundo.

Jon, por su parte, demostró dónde estaban su lealtad y su corazón: con los Stark. No fue hasta que Tyrion le advirtió que sus hermanas podían morir a manos de Daenerys que él tomó la decisión de asesinar a su reina y gran amor. Si a eso le sumamos su regreso al norte, su reencuentro con Ghost y que priorizó el deber por sobre el amor de una mujer, algo digno de Ned, no quedaron dudas de que él nada tenía que ver con su padre biológico. ¿Para qué nos mostraron entonces su verdadera identidad? Honestamente, no creo que haya una respuesta coherente para eso. Porque no cambió el rumbo de la historia ni lo condicionó en su accionar. La trama más esperada por los fanáticos apareció para, nada más, alterar un poco el juicio de Dany.

¿Qué decir de Bran? Después de haberlo escuchado decir infinitas veces que él ya no era un Stark y que por lo tanto no podía ser quien heredara el trono de Winterfell, verlo aceptar sin dudarlo ni un instante ser el Rey de los Seis Reinos (porque recordemos que Sansa fue la San Martín de los norteños) fue, como mínimo, extraño. Todo lo que rodeó a su elección y luego a su mandato (del que solo pudimos apreciar una escena) pareció salido de una telenovela. No es su desenlace el que incomoda sino la forma: un final feliz en King’s Landing suena poco creíble.

Cersei Lannister dijo alguna vez que en el juego de tronos ganás o morís. Y la manada que sobrevivió al invierno, cantó jaque mate. Al fin y al cabo, aunque lo camuflaron, la historia siempre de trató de ellos.

La burocracia estatal

Con Bran en el trono, Tyrion se transformó, otra vez, en Mano del Rey. Se negó, sin mucha convicción, a ocupar un cargo que conlleva una gran responsabilidad. Tras verlo llorar la muerte de sus hermanos, renunciar a ser el consejero de Daenerys y ser prisionero de los Inmaculados, el único Lannister que sobrevivió se quedó en el lugar en el que parecía más cómodo: cerca del trono. Su repentina visión de lo que realmente era Daenerys y su lugar preponderante a la hora de elegir un nuevo gobernante parecieron forzados, pero lo consagraron como, quizás, el hombre más inteligente de Westeros.

Sobre el resto de los consejeros del rey no hay mucho que agregar. Brienne, devenida en caballero del reino,  quedó al frente del ejército de los Seis Reinos, aunque lo más trascendente de su trama estuviera ligado a Jaime Lannister y esa vida que ella decidió plasmar en la historia de Westeros. Davos siendo Davos, fiel y justo; Sam, que nadie entiende cómo sobrevivió todo este tiempo, alcanzando su anhelo de ser Maestre y Bronn…bueno, la verdad es que verlo transformado en el Lord de un lugar como Alto Jardín me indignó. Pero, como dije antes, no se puede conformar a todos.

 

La octava temporada de Game of Thrones no tuvo la mística ni la magnitud que todos esperábamos. No voy a negar eso. Pero sí tengo la certeza de que esta serie es mucho más que eso. Es una experiencia colectiva, es una práctica cultural en sí misma, es un sinfín de encuentros, de debates, de alegrías y de enojos. Y pudimos ser contemporáneos a semejante fenómeno. Un fenómeno que incluyó bares temáticos, cervecerías que trasmitieron los últimos capítulos como si se tratara de un mundial, amigos reuniéndose en casas para ver en conjunto el desenlace de la historia, millones de usuarios que contrataron HBO solo para seguir en vivo y en directo lo que iba a pasar. Nadie quiso perderse el evento televisivo más grande de los últimos años, porque nos hizo sentir parte de una comunidad global. Vivir esto en primera persona creo que es el mejor legado de Game of Thrones.

Entre cenizas, traiciones, desamores y estrategias, se fue la última gran serie que nos regaló la televisión. Ya no habrá más trono por el que luchar ni familia a la que alentar. No habrá más guerras ni dragones imponiendo su orden. No habrá, tampoco, más lunes de debates en torno a quién debería reinar en los Siete Reinos. Nos quedará siempre el grato recuerdo de una producción que nos hizo delirar y amar la TV.

Valar Morghulis, Game of Thrones. Gracias por la magia. 

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