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“El Hoyo”, un perturbador film ideal para comprender dónde estamos parados como sociedad

Este Thriller de Ciencia Ficción te dejará sin aliento y con muchas preguntas por responder. Aquí, un análisis sobre las reflexiones que provocó en este espectador.

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“El Hoyo”, un perturbador film ideal para comprender dónde estamos parados como sociedad - Radio Cantilo

jueves 26 Mar, 2020

ATENCIÓN, ESTA NOTA CONTIENE SPOILERS. Si todavía no viste la película, dejá de leer en este momento. Como recomendación te decimos que primero vayas a Netflix, veas este film dirigido por Galder Gaztelu-Urrutia, y luego retomes la lectura.

Hechas las aclaraciones pertinentes, es momento de desentramar esta espectacular metáfora sobre la dinámica social del mundo capitalista. “El Hoyo”, la perturbadora película que en estos momentos es tendencia número 1 en Argentina (al menos así nos la vende la plataforma de streaming), aporta 94 minutos de tensión y disparadores constantes que nos llevan a pensar en el mundo en el que vivimos, aquello que nos rodea y el comportamiento de los individuos inmersos en la sociedad de consumo.

Es muy difícil que luego de ver esta película no sientas la necesidad de detenerte un momento a reflexionar acerca de lo que cuenta la historia, donde el encierro es el escenario principal y, como tal, el encargado de moldear el comportamiento de cada uno de los personajes que intervienen en el relato.

“El futuro, en una distopía. Dos personas por nivel. Un número desconocido de niveles. Una plataforma con comida para todos ellos. ¿Eres de los que piensan demasiado cuando están arriba? ¿O de los que no tienen agallas cuando están abajo? Si lo descubres demasiado tarde, no saldrás vivo del hoyo”, reza su sinopsis. Aunque en realidad sería imposible utilizar cuatro renglones para poder comprender lo que realmente nos dice la historia.

Goreng (Iván Massagué) despierta en el Piso 48 de un centro de reclusión que transforma la esencia de cualquier persona que esté encerrada allí. Mientras intenta comprender qué es lo que sucede en dicho lugar, su anciano compañero de celda, el señor Trimagasi (Zorion Eguileor), que lleva bastante tiempo allí es quien le revela la dinámica del funcionamiento del sitio.

La estadía de los prisioneros en cada nivel dura un mes, luego de eso se los reasignará a un nuevo nivel. Cada uno puede ingresar al “Hoyo” con un objeto. Mientras Goreng eligió una copia de la novela Don Quijote de la Mancha, su compañero hizo lo propio con un cuchillo

A partir de ese momento el espectador comienza a transitar un viaje por lo más profundo de la esencia del ser humano y su deseo de supervivencia a cualquier costo. En el medio, serán testigos de un sinfín de metáforas acerca del comportamiento de las personas según el momento que atraviesan, controlados por el miedo, la frustración y la desesperación que culminarán con la paranoia.

 

Cualquier semejanza con la realidad…

Se sabe que en los momentos críticos es cuando aflora la verdadera personalidad de cada uno. Podemos mostrar lo mejor o lo peor de nosotros, eso que ni siquiera sabíamos de lo que éramos capaces hasta tener que hacerle frente a una situación clave (¿acaso no es justamente lo que nos toca atravesar en estos momentos de cuarentena?).

“No les hables a los de abajo, no valen la pena, están abajo nuestro. Y no hables con los de arriba, no van a escucharte, pues obvio porque están arriba”. Una simple frase que resume la esencia de este film y que denota el comportamiento que exige el modelo capitalista: si están abajo tuyo, debes ignorarlos (o peor aún, mostrarles todo tu desprecio orinándolos como hace Trimagasi). En cambio, si están por encima no trates de acercarte porque no tendrás lugar (aunque el que esté por encima de ti sea un “maldito inmigrante” cuya religión aborreces).

Mientras los protagonistas aguardan desde el Piso 48 a comer las sobras de las 94 personas que se alimentaron antes que ellos (comida que aparece al tiempo que la cámara hace foco en una luz verde que da “permiso para”), somos testigos de una de las primeras lecciones que deben aprender: jamás te quedes con algo de comida. Aquí es cuando comienza a desentramarse el concepto del panóptico y la sociedad de control planteado por Michel Foucault: están pendientes de todos tus movimientos, aunque no puedas verlos. Aunque jamás sabrás si realmente te están vigilando las 24 horas o si tienes algún momento en el que dejen de enfocarse en vos.

Otra de las ideas centrales que se desprenden a medida que transcurre la película es el de la presión social como justificativo de nuestro comportamiento. “No soy un asesino, los de arriba me obligan”, se escucha decir a Trimagasi desde el Piso 171 mientras le advierte a Goreng que deberá “purgarlo como a un caracol” antes de verse obligado a comérselo, ya que no hay comida que llegue hasta los pisos inferiores.

A pesar de los intentos por convencer al viejo, Goreng atraviesa un periodo de sufrimiento y desesperación que lo llevan hacia un estado de shock. Es en ese momento en el que se produce su primer gran cambio en la personalidad, producto de pasar una semana atado a su cama, acumulando odio y temor (entre otros sentimientos) contra su compañero de cuarto. En ese instante todos sus ideales de camaradería y solidaridad se desmoronan para dar lugar a un nuevo sujeto, capaz de asesinar con violencia y comerse los restos de su compañero.

 

“Solidaridad espontánea”

Cuando Goreng se despierta en el Piso 33 se encuentra con Imoguiri (Antonia San Juan), quien eligió entrar con su mascota -además de ser su fiel compañero luego entenderemos que le da un motivo para mantener sus energías en el día a día-, que le cuenta que este “Centro Vertical de Autogestión” podría hacer surgir entre sus reclusos lo que ella lama “solidaridad espontánea”.

Según ésta, en algún momento determinado surgirá la idea de responsabilidad colectiva y cada prisionero comerá su ración necesaria para sobrevivir, dejando así lo necesario para alimentar a la totalidad de ellos. “Todos somos responsables”, se la escucha decir.

A pesar de sus intentos por racionalizar la comida, poco a poco su frustración se hace notable al ver que quienes están debajo suyo no hacen caso al pedido de “comer solo lo necesario”. Es entonces cuando encontramos otra metáfora: “somos hijos del rigor”. Cuando Imoguiri se resigna a seguir intentando convencer a los del piso inferior, Goreng interviene haciéndoles saber que –de no respetar lo que dice- les defecará en toda la comida.

Tras esto, el protagonista se despertará en el Piso 202 con el cadáver de su compañera quien, tras haberle revelado de su cáncer incurable, se suicidó dejándole su cuerpo como “obsequio” (al menos eso es lo que las voces dentro de la cabeza de Goreng le harán saber). Para este momento la transformación está completa, ya nada queda de aquel individuo que ingresó voluntariamente para tener un “título homologado”, sino que ahora es un ser humano dominado por la locura.

 

Bajar para tomar impulso y llegar a lo más alto

“La panna cotta es el mensaje”, se escucha repetir una y otra vez a Baharat (Emilio Buale) antes de emprender un viaje desde el Piso 6 hasta lo más profundo del Hoyo. Y es que, tras intentar llegar a lo más alto utilizando una soga y confiando en los reclusos del piso superior, este personaje aprendió rápidamente que quien está encima tuyo no hará más que cagarte (literalmente) en cuanto tenga la chance.

Es por esto que junto a Goreng intentarán hacer justicia y abastecer de alimento a todos los prisioneros. Aunque claro, hay un pequeño detalle que no tuvieron en cuenta y es que para lograrlo deberán transformarse en seres violentos capaces de asesinar a cualquier ser humano. Si bien “un hombre sabio” les aconseja “convencer antes que vencer”, este dúo de justicieros terminará masacrando a todo aquél que no esté dispuesto a colaborar con esta causa “noble”.

Goreng y Baharat bajan piso tras piso como mensajeros (el mesías y su ayudante), intentando convencer a los reclusos (el pueblo) que si todos colaboran los de arriba (el gobierno) captarán lo que quieren decirles.

Sin tener en cuenta la desesperación de aquellos que están en los pisos inferiores, muchos de ellos se han suicidado o comido entre sí, ambos continúan su derrotero hasta llegar al fondo de todo, en el Piso 333, donde se encontrarán a una pequeña niña hambrienta que los pondrá en el dilema de alimentarla con la panna cotta o negársela para que los de arriba comprendan lo que les quiere decir.

El final no es más que la conclusión de una serie de ideas que, conectadas entre sí, nos enseñan que en realidad “el mensaje es el otro”. Que no hay manera de salir de este espiral de injusticias, corrupción y maldad a la que estamos habituados sin la colaboración de todos los miembros de la sociedad.

El sacrificio de Goreng no pasa desapercibido. Mientras la niña termina siendo quien llegará a lo más alto del Hoyo, nos damos cuenta que todo lo que debió atravesar el protagonista quizás no sea en vano. Está claro que la conclusión de todo esto variará dependiendo la persona que lo haga, algunos se quedarán con la resignación de ver al personaje perdido en lo más bajo de todo, condenado a la muerte sin haber podido lograr su cometido. En cambio, otros verán este sacrificio como un halo de esperanza para comenzar a cambiar la realidad de su entorno, en este caso la de este centro de reclusión y aislamiento.

Ver esta película en tiempos de cuarentena puede servir como inspiración para entender dónde estuvimos parados hasta este momento, aprender del pasado y aceptar lo que somos en el presente. De esta manera, quizás, logremos comenzar a pensar en la posibilidad de construir un nuevo entramado social donde la empatía, tolerancia y el amor primen por sobre los intereses económicos. En un momento que marcará un antes y un después en la historia del mundo, comprender lo que Galder Gaztelu-Urrutia nos quiere decir en su película, resulta fundamental para comenzar a construir una sociedad basada en el respeto por el otro.

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