Cine y TV

Dios, el diablo y la moral

Repasá junto a Rodrigo García Ferreyra algunos detalles detrás de la historia de El abogado del diablo.

Dios, el diablo y la moral - Radio Cantilo

martes 12 Nov, 2019

En 1997 llegó a los cines una de las películas más recordadas de Keanu Reeves y Al Pacino y, además, una de las óperas primas del terror contemporáneo: El abogado del diablo, film dirigido por Taylor Hackford, el hombre detrás de Ray y Reto al destino. En la cinta, Keanu interpreta a un joven y ambicioso abogado, llamado Kevin Lomax, y Pacino encarna a John Milton, un misterioso hombre que se cruza en la vida de Lomax para transformarla para siempre.

John Milton en verdad es el nombre de un poeta británico que en el siglo XVII escribió Paradise lost, un clásico de la literatura inglesa que aborda la eterna dicotomía entre el bien y el mal y el papel de Dios en todo eso. Pero antes de continuar, les compartimos un fragmento de esa pieza:

“¿Es este el lugar – dijo el arcángel caído- ¿es esta la mansión que debemos cambiar por el cielo, esta triste oscuridad por la luz celeste? Sea, puesto que, el que ahora es Soberano puede disponer y decidir lo que le parezca justo. Lo que más nos aleje de Él será lo mejor que igual en razón, Él, que se ha elevado por medio de la fuerza contra sus iguales.

¡Adiós campos afortunados, donde existe una felicidad eterna! ¡Salud, horrores! ¡Salud,  mundo infernal! Y tú, profundo infierno, recibe a tu nuevo señor, que llega a ti con un ánimo que no podrá cambiar el tiempo ni el lugar. El espíritu lleva en sí mismo su propia morada y puede en sí mismo hacer un cielo del infierno o un infierno del cielo.

¿Qué importa el sitio donde yo resida si soy siempre el mismo y el que debo ser: si lo soy todo, aunque menor que Aquel a quien el rayo ha hecho más grande? Aquí, por lo menos, estaremos libres. El Todopoderoso no ha formado este sitio para envidiárnoslo, y no querrá, por tanto arrojarnos de él. Aquí podemos reinar con seguridad, y, según mi parecer, reinar es digno de ambición, aunque sea en el infierno; vale más reinar en el infierno que servir en el cielo”.

Ese fragmento, además de darle forma a Paradise lost, es una parte fundamental de la película, ya que es retomado por Lomax al final de la historia para ponerle un cierre al majestuoso monólogo que el diablo le estaba dando.

Ahora sí, metámonos de lleno en la cinta. Basada en la novela homónima de Andrew Neiderman, nos muestra la vida de un abogado que lidia permanentemente con un conflicto moral. A diferencia de muchos entretenimientos paganos que parecen no tener un centro moral mientras explotan, este sí lo tiene. Es muy pequeño, pero está ahí: el diablo, argumenta a medias, es una mala persona. Habla de la lujuria, la avaricia y un sinfín de pecados que siempre traen consigo daños colaterales.

Por otra parte, se ve la poca confianza en Dios. No se lo ve por ninguna parte, ni siquiera en los tabloides. Teológicamente, la película dice que Dios está pero que sufre un trastorno por  déficit de atención. Pero incluso cuando Milton lo está guiando y seduciendo, el Lomax nativamente brillante comienza a ver a través de él.  Milton irradia carnalidad, la alegría y lujuria desenfrenada en los placeres del mundo y la carne. Es el demonio de demasiada testosterona y muy poca conciencia, muy seductor tanto para los hombres, que quieren ser como él, como para las mujeres, que sucumben ante él.

Sin embargo, más allá de la cuestión teológica, la película también está estructurada en torno a cuestiones legales y emocionales, haciendo aparecer a la moral en todo su esplendor. El problema legal es el primer gran caso de Lomax, en el que debe defender a un magnate acusado de asesinar a su esposa y  su hijastro. El abogado sabe que su cliente es culpable y, además, las huellas digitales del hombre están en la pistola que acabó con la vida de la mujer y el chico.

Este es el quid moral de la película: ¿cuál es la responsabilidad profesional del abogado hacia un cliente que él sabe que es culpable? Es un dilema que Kevin Lomax enfrenta dos veces y siempre se pone del lado de la profesionalidad. Y el moralista director Hackford lo condena por ello. Y en paralelo, en el departamento personal, el matrimonio de Lomax con la bella Mary Ann, encarnada por Charlize Theron, se está hundiendo cuando se entrega al trabajo y a la posibilidad de la tentación.

Ella también sabe que lo está perdiendo, pero las cosas comienzan a sucederle tanto como a la  Rosemary de Mia Farrow en Dakota hace tantos años. Su salud y cordura comienzan a tambalearse, su vulnerabilidad crece, incluso cuando la carrera de su esposo se está disparando. La película es interesante en una de sus virtudes más anticuadas, que es la creencia en el poder del amor. Kevin se aferra al tupido amor del amor como su último talismán en contra de darle al diablo en la corbata azul lo que ese viejo quiere tanto.

Si bien la película fue estrenada en 1997, el proyecto estaba en marcha desde 1994. Aunque al principio las cosas eran un poco diferentes: Joel Schumacher sería el director encargado de dirigir el film y sus opciones para el papel de Kevin Lomax eran Brad Pitt, Christian Slater y John Cusack.

La película toca muchos temas que tienen que ver con el uso de las magias oscuras asociadas tanto al satanismo y te las muestra, como cuando Lomax tiene que defender a un hombre que es acusado de matar a una cabra en pleno ritual. Este es otro tema también: ¿cuál es el límite moral de la libertad de un culto?

El abogado del diablo es sin dudas una película que no pasa desapercibida, que te da un puñetazo en la cara porque muestra que el enojo con Dios es tan común como respirar. Porque ocurre lo que ocurre en el mundo con un Dios bueno. La película del Diablo, de cierta habla más de Dios que del diablo y esta es su jugada maestra. El mundo espiritual no mira el mundo físico. Mira lo emocional y lo anímico, pero ese es otro tema.

¿Es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo? Quizás el tiempo nos dé esta respuesta tarde o temprano. Lo que sí sabemos es que no lo vamos a ver venir y cuando lo veamos, ya será demasiado tarde.

 

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